Fotografía: Pablo Blázquez

Aitor Karanka

Birmingham, 2020-Presente

“¿Qué vas a hacer ahora?”

Fue la pregunta que me lanzó Fernando Hierro (abajo a la derecha) un tiempo después de haber terminado mi etapa como jugador.

Mi último club había sido el Colorado Rapids en Estados Unidos, en 2006. Tenía ganas de probar esa experiencia en la MLS y tuve la suerte de poder llevarla a cabo.

Por aquel entonces Fernando ya estaba en la Federación Española de Fútbol como director deportivo. Un tiempo antes se había sacado el título de entrenador. Sin embargo, para mí esa posibilidad de estar en los banquillos era lo último que se me pasaba por la cabeza.

Pero Fernando me acabó convenciendo de dar ese paso. Así que posiblemente no habría sido entrenador de no ser por él.

Pablo Blázquez

Los dos habíamos construido una gran relación en nuestra etapa juntos en el Real Madrid, compartiendo zaga durante varias temporadas. De 1997 a 2002.

Cuando llegas al Real Madrid, casi en lo único que piensas es que no hablen de ti al día siguiente. Porque cuando se habla de un defensa siempre suele ser porque ha podido cometer un error. Si eso ocurre en cualquier equipo, en un equipo como el Real Madrid, con el enorme impacto en los medios, todo se multiplica.

Me acuerdo, sobre todo, de esas semanas que había hasta tres partidos seguidos en el Santiago Bernabéu. Dos de Liga y entre medias uno de Champions League. Cada encuentro se hacía eterno. Solo pensaba en no fallar, porque un error costaba el partido.

“Jugar como central en el Real Madrid entraña una complejidad extrema, en relación a la exigencia ganadora del club”

Casi que se trataba de intentar pasar lo más desapercibido posible. Como le decía a la gente más cercana: “Robar el balón y dárselo a los que saben. Fernando Hierro, Fernando Redondo, Raúl González… El objetivo es terminar los partidos y ganar”.

Jugar como central en el Madrid entraña una complejidad extrema, en relación a la exigencia que se marca un club tan ganador. Juegues contra quien juegues, tienes que atacar. Estás obligado a ser protagonista en el partido. Siempre. Pero claro, eso tiene sus consecuencias atrás. Cuarenta metros a tu espalda y mano a mano ante el delantero. No menos de cinco veces por partido.

Y en un equipo con jugadores de carácter tan ofensivo y de tanta calidad arriba. Solo en mi etapa en el club pasaron delanteros como Pedja Mijatovic, Davor Suker, Fernando Morientes, Raúl…

Michael Steele /Allsport

Recuerdo especialmente un partido ante el Barcelona. Estábamos en la merienda sentados en la misma mesa Fernando Morientes, Raúl, Hierro y yo. Raúl y Morientes estaban riéndose, y en un momento determinado, Fernando pegó un grito.

“A vosotros os da igual porque jugáis arriba, pero, ¿y nosotros?”.

A nosotros nos tocaba defender en un equipo donde no solo atacaban los delanteros. También lo hacían los centrocampistas. ¡Y hasta los dos laterales a la vez! Roberto Carlos y Míchel Salgado (abajo).

En algunos momentos te podrías encontrar a uno de ellos centrando desde la banda y al otro dentro del área para rematar. Tengo en casa una foto que recoge ese momento. Estamos Fernando y yo mirándonos en el campo. Solos los dos en defensa con las manos abiertas, como diciéndonos: “¿Qué está pasando aquí?”

Esa era la gran dificultad. Y en las competiciones donde te enfrentabas a los mejores delanteros del mundo.

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En Europa, todos los partidos eran difíciles, pero tal vez el rival más complicado al que nos enfrentamos esos años fue el Bayern de Múnich. Un equipo con grandes jugadores, y arriba con Giovani Elber (abajo) y Paulo Sergio. Los dos brasileños. Los dos rápidos y habilidosos; tremendamente difíciles de controlar. Fernando y yo sufríamos más contra ese tipo de jugadores, con mucha movilidad y velocidad.

Pero no creas que sentías alivio cuando alguno de ellos dos salía del campo. Mirabas a la banda y entraba Carsten Jancker. ¡Un delantero de 1,93 metros! Y nosotros sin mucha capacidad en el juego aéreo para las acciones a balón parado. Fernando, Iván Helguera que bajaba del medio campo, Morientes desde el ataque para echarnos una mano, y yo. Poco más.

“En el Real Madrid no solo atacaban los delanteros. También los centrocampistas, ¡y hasta los dos laterales a la vez!”

El año de la “Octava” nos cruzamos hasta en cuatro ocasiones con el Bayern.

En el primer partido en casa, en la fase de grupos, la sensación fue curiosa. Habíamos jugado un gran partido, de los mejores que yo recuerdo en Champions League en el Bernabéu, pero resulta que perdimos 2-4. Eso habla de la gran dificultad del rival. Un equipo que llegó a parecernos invencible, pero al que conseguimos derrotar en semifinales. Dos goles de Nicolás Anelka en casa y uno más de cabeza en Múnich. Clave éste último para pasar la eliminatoria.

Clive Brunskill /Allsport

Fueron esas y muchas más batallas junto a Fernando. Con el paso del tiempo, nuestro trabajo llegó a ser al final una cuestión de feeling. De entendimiento del juego más que otra cosa. No hacía falta ni hablarnos sobre el campo. Bastaba una mirada para saber lo que teníamos que hacer cada uno.

Ahora el fútbol es diferente.

Hay menos comunicación entre los jugadores, pero tienen mucha más información. Como entrenador, puedes darle toda la que quieras. Aunque debes gestionar bien la cantidad de información a cada uno. No todos son iguales. Hay algunos que aceptan todo y tienen esa inquietud de saber más y más. Pero también hay a otros que les dices dos cosas, se aturden y acaba siendo peor.

Respecto a mi etapa de jugador hay dos cosas que no he cambiado como entrenador.

La primera es que, si quieres conseguir resultados, debes rodearte de los mejores. En el Real Madrid era así. Estaba Fernando Hierro, pero también contabas con el trabajo de excelentes centrocampistas como Fernando Redondo, Claude Makélélé, Helguera… Todos ellos nos ayudaban en defensa. Más luego los que hacían los goles.

Kevork Djansezian/Getty Images)

Es lo que he tratado de hacer con la gente que me acompaña en mi cuerpo técnico. En ocasiones notas que existe mucho miedo en la gente de fuera cuando conformas tu grupo de trabajo.

Te dicen que tengas cuidado a la hora de elegir los perfiles. No meter a alguien que en algún momento intente pasar por encima de ti.

“Ahora el fútbol es diferente. Hay menos comunicación entre los jugadores, pero tienen mucha más información”

Pero eso no es algo en lo que yo pierda mucho el tiempo. Yo cuando he estado con gente como Ginés Meléndez o Luis Milla en la selección española – en las categorías inferiores- o José Mourinho (arriba) en el Real Madrid, siempre les he intentado decir lo que yo creía.

Se trata de intentar hacer al primer entrenador mejor. Luego él, por supuesto, toma las decisiones.

Aunque no solo debes escuchar a tu cuerpo técnico. También están los jugadores. Quiero que ellos sientan que tienen libertad para decirme si ven algo que se puede mejorar.

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Recuerdo la experiencia de Adama Traoré (arriba) en el Middlesbrough. Con Adama –muy jovencito en ese momento- trabajamos mucho todas las semanas en sesiones de vídeo. Pero no solo charlas con él, también había mucha interactuación en los entrenamientos. Se diseñaba una acción, la ejecutaba y se corregía. Esa era la dinámica.

Los días de partido opté por una solución: ponerlo en la banda cerca del banquillo para tenerlo cerca. Eso hacía que cada mitad del partido jugaba por diferentes perfiles. Izquierda y derecha, dependiendo del orden en cada encuentro. Así podría controlarlo.

“La interacción del entrenador con los jugadores es buena. Aporta y suma en el equipo”

Pero un día vinieron a hablar conmigo Álvaro Negredo y Víctor Valdés (abajo los dos), jugadores ya muy experimentados y veteranos.

“Entrenador. Notamos que cada vez que Adama intenta hacer algo, antes te mira a ti. ¿No crees que tendrías que darle un poco más de libertad al chico?”.

Me quedé mirándolos y les dije: “Pues tenéis toda la razón”.

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Desde fuera, muchas veces se interpreta que si un entrenador modifica sus decisiones porque lo habla con los jugadores es que ya no tiene poder de gestión en el vestuario. La sensación de que el grupo acaba tomando las decisiones.

Pero esa es una visión equivocada. La interacción del entrenador con los jugadores es buena. Aporta y suma en el equipo. Y, por supuesto, ayuda a alcanzar el segundo punto que no ha cambiado para mí respecto a mi época de jugador.

Terminar los partidos y ganar. Que se hable lo menos posible de mí.

Solo de los jugadores por sus méritos.

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