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Diego Omar Dabove

Argentinos Juniors 2019-Presente

Se trata de tomar decisiones. Por muy difíciles que puedan ser.

Como cambiar la Copa Libertadores por pelear para evitar el descenso.

Puede que desde fuera eso no se entienda. Y lo comprendo.

La Libertadores es la competencia más grande en Sudamérica, un sueño para cualquier entrenador. Y más después de clasificarnos como lo hicimos con Godoy Cruz, casi ganando el campeonato argentino.

Fue una temporada (2018) en la que hubo un momento en el que nos dijimos: “¿El título? Por qué no. Vamos a por todo”.

La gente creía que en la segunda mitad de la temporada nos íbamos a caer, pero estaban equivocados.

Luchamos con Boca Juniors hasta el último instante, siendo fieles a la idea de fútbol que a mí me gusta. Un equipo que ataca, con un 4-3-3 bien marcado y los laterales pasando mucho al ataque. Pero también con una buena transición defensiva.

La decisión de cambiar no tuvo que ver con problemas con Godoy Cruz.  Todo lo contrario.  Siempre estaré agradecido a “El Tomba” por la oportunidad que me dio. En su momento confiaron en mí cuando estaba entrenando en el equipo reserva. Eso no tiene precio.

La tomé después de hacer un análisis completo -finalizaba contrato- de todo lo que había pasado ese año. No fue fácil, pero llegué a la conclusión de que se había acabado un ciclo y lo mejor para los dos era terminar nuestra relación.

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Entre las tres opciones que tuve después estaba Argentinos Juniors. Me ofrecía un proyecto deportivo y social muy interesante.

También tenía mucha relevancia para mí el significado del club. Reconocido internacionalmente gracias a los enormes jugadores que han pasado por aquí. Claudio Borghi, El “Checho” Batista, Fernando Redondo… Y, por supuesto, Maradona. El más grande de todos.

Lo elegí por todo eso, aun siendo consciente de que la situación deportiva era difícil.

“Todas las experiencias que vives son parte del aprendizaje. Situaciones distintas y complejas que te hagan pensar y crecer”

Como entrenador es complicado pasar en solo unos pocos meses de pelear por el campeonato a hacerlo por la salvación. No tengas dudas de que se pasa mucho peor cuando te estás jugando la vida por no bajar.

Recuerdo las horas previas del partido en el que nos salvamos. Casualmente coincidió con San Martín como rival, equipo con el que el año anterior nos jugamos el título con Godoy. El clima que se vive entre una y otra situación es muy distinto. Mucho más tenso y complicado.

Una vez conseguida la salvación, empezamos a pensar de manera diferente. Uno de los grandes puntos por los que vinimos acá es intentar volver a los orígenes: armar un proyecto de cantera fuerte. Como pudimos hacer en Godoy Cruz.

Sin embargo, no hemos tenido tiempo para volcarnos en esto durante el primer semestre debido a la situación deportiva.

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Mantengo que todas las experiencias que vives son parte del aprendizaje. Situaciones distintas y complejas que te hacen pensar y crecer.

En mi caso ha sido así desde niño.

No sé si se le puede llamar vocación, pero mi interés por hacer algo cercano a entrenar empezó a los 15 años. Mientras mis amigos se iban a jugar, yo agarraba mi cuaderno de notas y me iba a analizar al rival al que nos íbamos a enfrentar el partido siguiente.

Apuntaba todo lo que ocurría en el partido. Los jugadores, las formaciones, estilo de juego, los cambios que hacía el entrenador… Le ponía mucha atención a esa función.

Todavía hoy tengo una carpeta guardada en la casa de mi vieja con todas esas anotaciones.

Años más tarde entré en este camino. Fue por una lesión en un hombro en una situación tonta. Digo tonta porque estábamos jugando un “picado” entre los jugadores y diferentes integrantes del equipo. En un momento del partido, un compañero se me cayó encima y me lastimó el hombro.

Era una lesión que hoy en día se solucionaría muy fácil, pero en ese momento no tanto.

La solución pasaba por ir a Estados Unidos. Sin embargo, yo no tenía las condiciones económicas para poder afrontar ese viaje.

Intenté seguir jugando, pero el dolor se hacía insoportable. Hasta que llegó un día que dije basta. Solo tenía 27 años, pero no tenía sentido seguir haciendo algo que no disfrutaba.

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Por suerte tuve la ayuda de Miguel Russo. Le conocía muy bien de mi etapa en la cantera de Lanús, donde por entonces él era el entrenador del equipo principal junto a su segundo, Hugo Gottardi.

Solo dos semanas después de la lesión, me enteré de que Russo agarraba a Los Andes. El primer partido con Independiente no estaba en el banco. Lo vio en un palco con Hugo Gottardi y el profe Guillermo Cinquetti.

Antes de empezar el partido me acerqué a saludarlo y me preguntó qué estaba haciendo. Le comenté que iba a dejar de jugar por la lesión y mi intención era volcarme en la dirección técnica.

“Llegar el primero al entrenamiento e irte el último. Estar encima del mínimo detalle. Eso no se borra jamás“

Russo me dijo: “Bueno, entonces ven mañana al entreno con nosotros”. Fui a la práctica y ese día me invitó a formar parte de su cuerpo técnico como preparador de porteros.

Esa posibilidad no solo era el comienzo; también sentía que era un refugio para mí después de todo lo que había pasado.

Aprendí de ellos la pasión por esta profesión. Miguel y Hugo siguen trabajando todavía, con más de 60 años cada uno. Y lo hacen con la misma pasión que hace 30 años.

Llegar el primero al entrenamiento e irte el último. Estar encima del mínimo detalle. Eso no se borra jamás.

Valores que se suman al respeto que mi madre me transmitió por el trabajo.

Una mujer fuerte y luchadora. Ella sola nos sacó adelante a mí y mi hermano con su trabajo y dedicación. Se iba a las ocho de la mañana de casa y no volvía hasta las ocho de la noche. Nunca la escuchamos quejarse por ello.

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Por eso disfruto con lo que hago. Es un trabajo del que uno no se queja porque es lo que ama y le apasiona. Me gusta estar metido en esta vorágine de día a día. Termino el entrenamiento, me voy a casa, descanso un poco y de nuevo me agarro el ordenador para ver y analizar rivales, aspectos de nuestro equipo u organizar cosas.

Soy consciente de que esta forma de trabajar me puede llevar algún día al agotamiento, pero mantengo que el cuerpo me va avisar cuando tenga que descomprimir un poco.

Por ahora tengo mi finca en San Manuel. Es un pueblito de la provincia de Buenos Aires.

Allí tenemos una casa, con nuestros animales y vida de campo.

No se trata de desconectar. Eso, como ya he dicho, es imposible, pero sí tengo el momento para juntarte con mi familia y amigos tranquilamente. Tiempo para hacer un asado o tomar mate.

Por supuesto, en los asados se habla de fútbol. En mi círculo de amigos es difícil que se hable de otra cosa. No importa que cambie de grupo, de barrio, colegio o pueblo. En todas las conversaciones al final se acaba hablando de fútbol.

Todo está yendo muy deprisa, pero creo que nada de lo ocurrido en estos dos años me ha cambiado. El que me conoce sabe que soy muy frontal, un tipo sin ningún misterio.

Sí es cierto que han aparecido sensaciones nuevas. Por ejemplo, en la calle. Algunas personas me paran y quieren hablar conmigo. Mucho más en Buenos Aires que en Mendoza.

También ha cambiado la exposición en la prensa. Eso te obliga a prepararte, pero siempre lo tomo con naturalidad.

Mi oportunidad me ha llegado en una buena edad (45 años). Me parece que si me hubiera agarrado todo esto diez años antes no sé cómo lo habría manejado, pero hoy estoy bastante tranquilo.

No solo para gestionar el éxito. También las derrotas.

Soy consciente de que esto es fútbol. Y en algún momento, como les ha pasado a todos los entrenadores, vendrá una mala racha.

Por eso me mantengo con los pies en la tierra.

Diego Omar Dabove

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