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Mick McCarthy

Seleccionador de República de Irlanda, 1996-2002; 2018-2020

Fue en el pub The Red Lion donde conversé por primera vez con Jack Charlton. Yo todavía jugaba para el Barnsley.

Jack llegaba, se tomaba una pinta y jugaba al billar.

Vivía cerca. Era el entrenador del Sheffield Wednesday y era genial con todo el mundo, no solo conmigo.

Yo era hincha del Leeds, así que conocer en el pub a Jack, un gran ex jugador, ganador de un Mundial (con Inglaterra en 1966) y uno de mis héroes, fue un poco surrealista.

Era un tipo normal con quien podías bromear y hacer chistes. Era cálido, abierto y sencillo, pero realmente no lo llegué a conocer bien hasta que jugué para él.

Cuando en 1986 se convirtió en seleccionador de Irlanda, yo estaba lejos de ser el mejor jugador del equipo, pero me hizo capitán. Siempre le estaré agradecido por eso.

Jon Enoch

Me había dejado fuera de su primera convocatoria – luego me explicó que ya me había visto a mí jugar y quería ver a otros–, y entonces pensé: “Se acabó para mí.  Es obvio que no le gusto a Jack”.

Pero fue todo lo contrario.

Poco después le ganamos a Islandia y a la selección de Checoslovaquia – como se llamaba entonces – fuera de casa. Fue la primera vez que ganamos partidos consecutivos como visitantes y eso llevó a un verdadero cambio en lo que se pensaba sobre nosotros.

Jakc era un hombre enorme. Cuando entraba en una sala, lo notabas. Llamaba la atención de todo el mundo y sentías su presencia.

“Conocer en el pub a Jack, un gran exjugador, ganador de un Mundial y uno de mis héroes, fue un poco surrealista”

Asistí a muchas reuniones nocturnas en las que él fue el orador. Era divertidísimo y le encantaba contar historias. Hacía que todo el mundo participara.

Recuerdo también una ocasión cuando jugábamos en Belfast en medio de un ambiente hostil. Estaba parado al borde del campo y los hinchas que estaban detrás de la cerca le insultaban. Se sacó un paquete de cigarrillos del bolsillo, se puso uno en la boca, se dio vuelta y preguntó si alguien tenía fuego.

De repente había 30 tipos vociferando, metiéndose las manos en sus bolsillos para sacar un mechero y encender un cigarrillo para el “Gran Jack”. Había apaciguado completamente la situación. y de buena gana se hubiese ido a tomar una cerveza con ellos, como lo hubiese hecho con el Primer Ministro. Nadie lo hubiera cambiado.

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Una de sus grandes fortalezas como entrenador era simplificar las cosas. Ponía en práctica un plan y lo hacía funcionar. En esa época muchos equipos europeos jugaban con una defensa de tres y carrileros.

Jack nos dijo: “Les daremos la vuelta, jugaremos en campo rival, enviaremos el balón por arriba a los centrodelanteros o por los pasillos interiores, y si ellos los recuperan serán demasiado arrogantes para simplemente darle un patadón. Intentarán salir jugando. Los presionaremos, recuperaremos el balón en su terreno. Y desde ahí comenzaremos a conseguir oportunidades y ganar partidos”.

¿Y sabes qué? Lo hacíamos. Los rivales odiaban jugar contra nosotros. Era un plan muy exitoso.

La información era simple, pero funcionaba.

No obstante, decir que Tony Galvin, Ray Houghton, Ronnie Whelan, Frank Stapleton, John Aldridge (abajo), Nial Quinn, Tony Cascarino, Liam Brady y Andy Townsend no eran buenos jugadores es ridículo. Jugamos de una manera específica y él hacía que fuese muy simple. Si no lo hacías, no jugabas. Era blanco y negro.

También era un excelente gestor de grupos. Siempre te podías reír con él – los muchachos lo adoraban –, entendía a los futbolistas de su época y cómo funcionaban.

Antes de su llegada, cuando nos reuníamos para una convocatoria los muchachos de Dublín y sus alrededores se quedaban con sus padres. Él terminó con eso. Todos teníamos que ir al hotel del equipo el domingo en la noche y quedarnos allí. Luego íbamos al cine el lunes en la noche.

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Si los muchachos querían salía a tomarse una pinta, Jack, a regañadientes, nos daba permiso. No salíamos a emborracharnos. Salíamos a socializar un poco y que nos dejara hacerlo significaba que íbamos a dejarlo todo por él.

Nosotros teníamos talento, pero ese espíritu de equipo nos llevó a disputar Mundiales y a ser un equipo verdaderamente ganador. El creó un vínculo estrecho con todos.

Habíamos tenido buenos jugadores antes de la llegada de Jack, pero simplemente no clasificábamos para los torneos. Él cambió eso, y lo hizo haciéndonos sentir confianza en nosotros mismos y en nuestra mentalidad.

“Una vez alguien me contó que la clasificación de Irlanda para el Mundial de 1990 fue la llama que lo encendió todo”

A nivel individual, cambió mi carrera. Me han recibido en Irlanda como jugador y como persona gracias a que Jack Charlton llegó a entrenar a Irlanda y nos hizo clasificar para la Eurocopa de 1988 y los Mundiales de 1990 y 1994. Terminé con 57 partidos internacionales, jugando una Eurocopa, el Mundial en Italia y llegué a disputar unos cuartos de final de un Mundial.

Todo eso me llevó a conseguir el puesto de seleccionador de Irlanda, el mejor cargo que puede tener un irlandés, y dirigirlos en un Mundial. Su influencia tuvo un verdadero efecto en mi vida.

Una vez alguien me contó que la clasificación de Irlanda para el Mundial de 1990 fue la llama que lo encendió todo. Financieramente, comercialmente… Eran momentos duros para Irlanda, pero eso levantó al país.

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En esos tiempos había más presión sobre nosotros como equipo. Le habíamos ganado a Inglaterra en 1988 y en nuestro primer partido en Italia ‘90 nos tocó jugar con ellos y empatamos.

Habíamos pasado de ser un equipo en el que nadie creía – en 1988 también empatamos con la Unión Soviética, y tuvimos un torneo muy bueno antes de perder con Holanda – a una selección que generaba expectativas.

Jack tenía un poco más de presión y lo podías ver. Su porte, que por lo general era despreocupado y relajado, estaba un poco más tenso.

Quedar emparejado con Inglaterra y Holanda, además de Egipto, siempre iba a ser duro. El partido contra Inglaterra se jugó en una noche horrible. Nos pusimos 1-0 abajo con un gol de Gary Lineker y después Kevin Sheedy marcó el tanto del empate.

Después jugamos contra Egipto y fue un partido horroroso. Se replegaron, dejaron un solo hombre arriba y nos la pusieron muy difícil. Empatamos 0-0 y nos llovieron las críticas.

De cara al partido contra Holanda, nos habíamos complicado mucho las cosas nosotros mismos. Si hubiésemos vencido a Egipto, ya habríamos estado clasificados.

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Terminamos empatando 1-1 con Holanda en una noche increíble. Fue fantástica. El ambiente, la expectativa antes del partido, las dos hinchadas y enfrentarse a jugadores como Ruud Gullit, Frank Rijkaard, Ronald Koeman y Marco van Basten.

Fue una ocasión brillante. Gullit los puso en ventaja, pero Quinny marcó el gol del empate y entonces fue la locura porque avanzamos a la próxima ronda.

Después de eso nos relajamos un poco más. También Jack. Nos tomamos una cerveza y nos divertimos con los aficionados para celebrar el pase a la siguiente ronda. Se esperaba que le ganáramos a Rumania y que siguiéramos avanzando.

“Habíamos pasado de ser un equipo en el que nadie creía, a una selección que generaba expectativas”

Tuvimos que trasladarnos a Génova y al Hotel Grand Bristol donde Escocia se había estado alojando.

Era el hotel más lujoso que habíamos conocido. “Miren esto. Escocia ha estado viviendo a lo grande y nosotros en esos hoteles de mierda”.

Jack dijo entonces: “Sí, y es por eso que están jodidos regresando a casa”.

Directamente en seco paro eso. Así era él.

Fue al comienzo de un día entrenamiento, cuando yo estaba calentando y Jack quería que comenzara la sesión, cuando tuvimos una de nuestras discusiones.

“¿Para qué diablos tienes que calentar?”.

“Tengo 30 años y estoy tieso. Si no hago el calentamiento puede que me dé un tirón muscular y no pueda jugar”.

“Si no puedes jugar, pondré a otro”.

“Eso es tremendo. Soy el capitán del equipo”.

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Eso había ocurrido en frente, incluso, de los hinchas. “Si quieres calentar, hazlo de una maldita vez”.

Más tarde en el hotel, me llamó aparte y me regañó por la forma en que le había hablado y por cuestionar lo que estaba haciendo. Su problema fue que pasó sobre el campo. Eso fue todo. Él dijo lo que pensaba, y yo también.

Nos dimos la mano y ahí terminó todo.

Rumania era un buen equipo y fue otra ocasión increíble. Gheorge Hagi hubiese podido hacer que cualquier equipo fuese bueno. Era increíble, recogía el balón y disparaba hacia Packie Bonner (arriba) desde más de 25 metros. Packie hizo varias atajadas buenas.

Era un día de un calor asfixiante y hasta la prórroga– en la que no pasó nada – había sido un buen partido, duramente disputado. Ninguno de los dos equipos quería perder, pero cuando nos fuimos a los penales las emociones comenzaron de nuevo.

Jack nos preguntó quién quería lanzar. Casi todos asintieron, pero yo ciertamente dije que no. Ya los había lanzado antes y había fallado.

Packie atajó el último penal de ellos. David O’Leary anotó y avanzamos a los cuartos de final. Un territorio totalmente inexplorado para nosotros.

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Apenas terminó el partido hubo una fiesta y como Italia, nuestro próximo rival, también había ganado, todo el mundo estaba afuera y los bares llenos. La gente lo estaba pasando bien. Los muchachos fuero al centro y fue una gran noche, como el Mardi Gras (Martes de Carnaval).

Para la previa de ese partido, yo estaba más nervioso de lo que había estado nunca. No es miedo, pero quieres ganar y jugar contra Italia en Roma no era tarea fácil.

Después de abandonar ese hotel fabuloso entramos a otro en el que nos dieron habitaciones sencillas con dos camas individuales. Packie y Gerrie Peyton, los dos porteros y jugadores más grandes, apenas cabían en una de esas camas.

“Salir al campo con el brazalete de capitán en los cuartos de final del Mundial fue mi momento de mayor orgullo”

Le dijimos a Jack que era imposible que nos quedáramos ahí. Vino, echo una mirada y se dio cuenta que era totalmente inadecuado para un equipo de fútbol, así que sacó a los funcionarios de la federación irlandesa de sus habitaciones y se aseguró de que cada jugador tuviese una propia.

Visitamos al Papa en el Vaticano (arriba). Esa fue otra experiencia increíble.

Luego, dos noches antes del partido – yo estaba arriba tratando de echar una siesta – y había un ambiente festivo abajo con Jack y los muchachos, que se estaban tomando un pinta de Guinness. Ellos dijeron que fue increíble como él los hizo sentir relajados y disfrutar la compañía. Sabía exactamente lo que estaba haciendo.

Jon Enoch

El día del partido fuimos al estadio a ver el Argentina-Yugoslavia en la pantalla grande, sabiendo que si ganábamos nos enfrentaríamos al vencedor de ese encuentro en semifinales. Bajamos hacia el campo vestidos con nuestros shorts, camisetas y sandalias para mirar, y entonces bajaron los italianos vestidos inmaculadamente con sus gafas de sol puestas, luciendo como millonarios.

Hasta el día de hoy pienso que, al vernos sentados sobre el campo, relajados y mirando el partido, se pusieron nerviosos. Nos miraron como diciendo: “¿Qué diablos está pasando aquí?”.

Estábamos relajados. Yo creía que íbamos a ganar, algo que si lo piensas hoy, es increíble teniendo en cuenta de donde veníamos cuando Jack consiguió el puesto.

Salir al campo con el brazalete de capitán en los cuartos de final del Mundial fue mi momento de mayor orgullo. El ambiente al bajar fue increíble. Estupendo.

El árbitro, que a mi entender estuvo horrible esa noche, pitó falta tras falta contra nosotros. Puede que hayamos sido un equipo muy fuerte físicamente, pero los italianos también sabían como cuidarse solos. Nunca pudimos conseguir ponernos en marcha por eso.

Cuando perdimos, al final del partido estaba furioso. Yo había pedido intercambiar camisetas con Franco Baressi, pero me fui volando por el túnel de vestuarios.

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Estaba enfadado como un demonio y decepcionado por la derrota, así que me fui. Baresi vino y me alcanzó. Ahora me alegro de eso porque él era uno de mis jugadores favoritos.

Le di la mano a alguno de ellos en mi salida, pero eso fue todo. Y es algo que lamento ahora. Desearía haberme quedado sobre el campo porque nuestro equipo se fue hasta el lado donde estaban los hinchas a celebrar el hecho de que habíamos alcanzado los cuartos de final del Mundial. Pero yo tenía lágrimas en los ojos, con el corazón totalmente roto.

Después Jack nos dijo que habíamos tenido un torneo brillante y que no había nada más que hacer. Él estaba encantado con nuestra actuación y nuestro comportamiento, y dijo que no podía sentirse más orgulloso.

“Me dijo que nunca hablaría sobre el puesto mientras yo estuviese a cargo de la selección de Irlanda; y lo hizo”

Incluso después de mi retiro, siguió teniendo influencia en mi carrera. Yo era el entrenador del Millwall cuando me ofrecieron la oportunidad de sucederlo en Irlanda, pero por mucho menos dinero del que recibía en el Millwall.

Jack dijo: “Toma el puesto. Te encantará. Será bueno para ti y no te preocupes por el dinero porque lo aumentarás con tu trabajo”

Fueron sus palabras de aliento lo que me hicieron aceptarlo, incluso a pesar de que yo pensaba que cuatro años en el Millwall no eran suficiente experiencia como entrenador. “Acéptalo. Será bueno para ti”. Conseguir su apoyo y su respaldo era importante.

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También me dijo que nunca hablaría sobre el puesto mientras yo estuviese a cargo. Y no lo hizo. Él siempre me apoyó.

La última vez que lo vi fue en 2019, en ocasión de una reunión del equipo de la Eurocopa de 1988. Podías ver la enorme personalidad que tenía a pesar de estar apagándose, y había perdido mucho peso, lo que era triste de ver. A ratos se mostraba lúcido y conversador, y a veces dejaba de estarlo. Pero seguía parado en el bar con todos los muchachos, tomando una pinta.

Comenzó siendo un amigo, después mi entrenador y, para entonces, lo volví a ver como un amigo.

Mucha gente no me quería en ese equipo de 1990, y hubo otros que Jack pudo haber puesto a jugar – – O’Leary, Paul McGrath – Pero me mantuvo. Yo había tenido algunas lesiones y regresé de Francia para asegurarme de estar en buena forma.

Solo había jugado 10 partidos hacia el final de la temporada, pero de ninguna forma me iba a dejar fuera. Era tan leal y tan solidario.

Para mí fue el mayor honor y placer jugar para Irlanda en esa época, con él al frente. Cambió vidas y carreras solo al ser parte de ese equipo.

Jack tenía un gran sentido del humor y no se tomaba a sí mismo muy en serio. Era sincero, una buena persona.

Iluminó a Irlanda durante casi una década.

Mick McCarthy

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