Fotografía: Jon Enoch

Ian Rush

Director de alto rendimiento, Fundación de la Asociación Galesa de Fútbol (FAW), 2017-Presente

Dicen que nací con un don para marcar goles, pero la verdad es que eso tiene un secreto: nunca tengas miedo a fallar.

Hay tanta presión sobre los chicos estos días. Si fallan una oportunidad, los ves asustados cuando tienen la siguiente.

Cuando estoy entrenándolos, les cuento el tiempo que pasé trabajando con jugadores como Michael Owen en el Liverpool.

Si Michael tenía 10 oportunidades, les pregunto: ¿Cuántos goles creen ustedes que marcaba?

Siempre dicen: “9 o 10”.

Completamente errado. Tendría suerte de anotar 5 de 10, y eso hablando de uno de los mejores delanteros.

Yo siempre les diré que perder una oportunidad significa que ya hicieron algo bien porque se colocaron en la posición correcta.

“Quizás en otra ocasión marcarán”.

No tener miedo a fallar se vuelve una fortaleza mental. Sin eso, no sobrevives.

SSPL/Getty Images

Es curioso que ahora esté enseñándoles estas cosas a los chicos porque yo, realmente, solía odiar a los entrenadores.

Sabía lo que podía hacer. ¿Por qué necesitaba que alguien más me lo dijera?

Sin embargo, mirando atrás, puedo ver que los preparadores y entrenadores para los que jugué sí tuvieron un impacto sobre mí, comenzando con Cliff Sear, quien fue mi entrenador en el Chester.

Era muy tímido de chico, pero él me dio la confianza que necesitaba.

Lo recuerdo enviándome a entrenar con el primer equipo cuando yo tenía 15 años. Me paré sobre el campo rodeado por hombres ya hechos y derechos pensando ¿qué estoy haciendo aquí?

Pero cuando volví a jugar con los de 15 y 16 me sentí como si tuviera tres metros de altura. ¿Entiendes? Se sentía tan fácil.

Tres años más tarde estaba sentado en una reunión con el entrenador del Chester, Alan Oakes, mi padre y Bob Paisley, el entrenador del Liverpool.

“Uno no veía a Bob Paisley corriendo hacia arriba y hacia abajo en las bandas dando direcciones a los jugadores. Él ya había hecho su trabajo antes”

Acordaron una cantidad de casi €350.000 para que me fuera al Liverpool. Era un record para un jugador juvenil entonces, pero no recuerdo haber sentido la presión. Bob simplemente me dijo que me concentrara en mi fútbol y que dejara todo lo demás al equipo técnico.

Era un hombre muy humilde. Ya fuese la señora del té, la persona de limpieza, Kenny Dalglish o el chico nuevo. Bob te trataba exactamente igual.

Rápidamente aprendí que el Boot Room (famoso salón de Anfield donde ser reunía el cuerpo técnico) era lo más importante sobre el Liverpool. Bob Paisley era el entrenador, aunque además de el día de los partidos, no se le veía mucho.

Ronnie Moran (abajo, izquierda) era el que hablaba más. Estaba Joe Fagan (tercero de izquierda a derecha) que casi no decía nada, pero cuando lo hacía todo el mundo escuchaba. Y  Roy Evans (segundo de izquierda a derecha), cuyo trabajo era ayudar a los jóvenes a ascender hasta el primer equipo.

Todos tenían distintos puestos, pero compartían el mismo objetivo.

Liverpool FC por medio de Getty Images

Cuando un entrenador del Liverpool dejaba el puesto, el club siempre designaba a alguien de dentro. Así que cuando Bob se retiró, Joe Fagan asumió el cargo.

Para ser honestos, lo más probable es que Joe ni siquiera quisiera el puesto. Era un hombre sencillo. Principalmente quería seguir adelante con su vida.

Sin embargo, sabía tanto de fútbol…

La gente lo llamaba “el psicólogo”. Recuerdo que los entrenadores de los equipos contrarios iban al Boot Room para tomarse algo después del partido. Habían perdido, por ejemplo 3-0, y Joe les decía: “No puedo creer que les hayamos ganado 3-0. Ustedes tienen un gran equipo”.

“Fui a Italia siendo un muchacho y regresé como un hombre”

Los elogiaba tanto que se iban con el pecho inflado sintiéndose estupendamente.

Y si perdíamos le decía al entrenador rival lo afortunado que habían sido. “Tuvimos un mal día”.

Todo eran juegos mentales.

Nos condujo al triplete en su primera temporada, pero después del desastre de Heysel al año siguiente se jubiló. Quizás fue demasiado para él.

Un año después de la salida de Joe me fui a la Juventus, donde tuve que acostumbrarme a un tipo distinto de entrenador. Distinto del todo.

La forma de jugar de la Juventus no era lo que yo estaba acostumbrado en el Liverpool. No lo estaba disfrutando. No sentía que podía mostrar mi mejor fútbol de esa manera. Al final, encaré a mi entrenador, Rino Marchesi, y le recalqué cuáles eran mis fortalezas sobre el campo y el modo que necesitaba jugar.

¿Su respuesta? “Es más fácil que una persona se adapte a 10 que 10 a ti”.

Marqué 14 goles la temporada que estuve allí. Sin embargo, no estaba contento con nuestra forma de jugar. Y si no estás contento fuera del campo, no harás lo mejor que puedes dentro.

Gran parte del trabajo del entrenador tiene que ver con las personas. Cómo tratar a cada jugador. Los jugadores están ahí porque son buenos, así que se trata de sacar lo mejor de ellos.

Bob Thomas/Getty Images

Fuera del fútbol las cosas no fueron mucho más fáciles. Recuerdo un día después de un entrenamiento que fui a un banco a intentar abrir una cuenta.

Mi italiano no era muy bueno y ellos no hablaban inglés. Ahora los jugadores tienen ayuda para hacer todas esas cosas, pero en la Juventus yo tenía que hacerlo todo por mí mismo.

Sin embargo, no hay duda de que ir al exterior fue bueno para mí. Me hizo mejor jugador.

Fui a Italia siendo un muchacho y regresé como un hombre.

Pero nada podría haberme preparado para lo que pasó en Hillsbrough el año después de que regresé al Liverpool. Podíamos ver sobre el césped lo que estaba sucediendo. Es algo que ninguno de nosotros olvidará jamás.

Todos amamos el juego, pero ahí el fútbol queda en un segundo plano.

Lo que llegué a comprender, sin embargo, fue que el juego podría ser una vía para ayudar a los aficionados. La gente dice que marcar en frente del Kop es una experiencia increíble y eso es verdad. Pero después de Hillsborough era distinto, era algo más que ver sus caras y sus sonrisas cuando marcabas un gol.

Verlos felices y sentir que le habías devuelto algo… Eso fue lo que me ayudó a seguir adelante.

“Mi experiencia en el Chester City me enseñó lo importante que es como entrenador tener una buena relación con tu presidente”

Yo amo al fútbol, es mi vida, así que cuando llegué al punto en el que mis piernas me estaban diciendo que no podía jugar más, me di cuenta que tenía que encontrar una forma de seguir involucrado.

Yo jugaba para el Wrexham. No me sentí cómodo cuando el entrenador del equipo de reserva, Joey Jones, me llevó a una sesión de entrenamientos.

Me paré en el centro y empecé a darle órdenes a los jugadores.

Pero Joey señaló. “Más lento. Esta gente no puede hacer eso. Tienes que enseñarles cómo hacerlo”,

Yo siempre había hecho esas cosas automáticamente. Pensé que todo el mundo podría.

La gente parecía sorprendida de verme metido en el mundo de los entrenadores. Recuerdo mi primer curso. Nos quedábamos en alojamientos para estudiantes y cuando entré los otros entrenadores me miraron y preguntaron: ¿Qué estás haciendo aquí?

“Lo mismo que tú. Estoy aquí para aprender”.

Te das cuenta de que estás comenzando de nuevo, de que tienes que ir abajo hasta el fondo hasta que puedas subir. Y es solo cuando estás de vuelta arriba cuando tienes más confianza en lo que estás haciendo.

Como jugador lo hice todo. Necesitaba hacer lo mismo como entrenador.

Andrew Powell/Liverpool FC a través de Getty Images

La gente empieza en sitios distintos. Todo es poner un pie adentro y experimentarlo para que sepas si es realmente para ti.

Yo estaba en el equipo técnico del Liverpool y como entrenador de la Sub-17 de Gales cuando me ofrecieron mi primer puesto de entrenador profesional en el Chester City, donde había empezado como jugador.

Estaban en el sótano de la Segunda División. Así que cuando llegué mi trabajo era mantenerlos en la liga.

“Cuando estoy entrenando la definición frente a la portería con los chicos, se trata de darles opciones”

Ya los había visto jugar unas veces. Sabía que intentaban jugar un buen fútbol. Sin embargo, tenían que aprender a defender.

Después de perder mi primer partido, tuvimos una racha de dos meses sin derrotas. Lo siguiente que me encuentro es que el presidente me dice: “Queremos llegar a los playoffs”.

¿El club había vendido a mis dos mejores jugadores y ahora él quería que llegáramos a los playoffs?

Después de ocho meses, me fui del equipo. La última gota que rebasó el vaso fue cuando el presidente despidió a mi asistente. Si se iba él, me iba yo.

Fue una experiencia que me enseñó la importante que es como entrenador tener una buena relación con tu presidente.

Esa experiencia me desilusionó. Me ofrecieron otros trabajos después, pero sentí que quería seguir por otro camino.

Cuando eres un entrenador es un trabajo de 24 horas al día toda la semana. No importa donde estés. Te pagarán más por entrenar al Liverpool que al Chester City, pero al final es lo mismo: tienes que estar disponible 24 hora al día.

Así que sabía que ser entrenador no era lo mío, pero aun así quería dar algo de vuelta al fútbol. Y sabía para qué era bueno: trabajando con un grupo de delanteros donde podía transmitir mis conocimientos y sacar lo mejor de ellos.

Jon Enoch

En este rol puedo usar mi experiencia para ayudar a los chicos a aprender y desarrollar confianza, así que ellos siempre estarán dispuestos a intentar cosas y no tener miedo de pensar por sí mismos.

Cuando jugaba en el Liverpool uno no veía a Bob Paisley corriendo hacia arriba y hacia abajo en las bandas dando direcciones a los jugadores. Él ya había hecho su trabajo antes. Durante el partido dependía de nosotros, de los jugadores. Hacerlo nosotros mismos.

Si las cosas no funcionaban después de veinte minutos, ya cambiaría a Kenny Dalglish, a Graeme Souness… A cualquiera. Da igual el nombre. Si esperas hasta el descanso para cambiar las cosas, puede que sea muy tarde.

Cuando estoy entrenando la definición frente a la portería con los chicos, se trata de darles opciones. “¿Quieres pegarle con el exterior? ¿Puede hacer una vaselina?”

Depende de ellos escoger la opción correcta en el momento apropiado. Y no tener miedo a fallar.

Ese es el secreto.

Ian Rush

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