Fotografía: Héctor Vivas/Getty Images

Ignacio Ambriz

Club León, 2018-Presente

Cuando estaba por terminar mi carrera de jugador quería ser en realidad director deportivo.

Me interesaba conocer un poco cómo piensan los directivos, los dueños de los equipos.

Y justo cuando terminaba mi último torneo con el Necaxa, me contactó Javier Aguirre (abajo) para ver si me interesaba ayudarlo en la selección.

Por mi pasado como jugador y centrocampista, una posición donde uno trata de ordenar a los equipos, siempre se me dio eso de mandar dentro de la cancha. Los entrenadores me daban indicaciones para que yo se las transmitiera a mis compañeros.

Fui a ver a Javier y discutí con él. “Olvídate de jugar ya y ayúdame en la selección”, me lanzó de primeras.

Clive Rose/Getty Images

Sin embargo, esa idea no pasaba por mí cabeza aún. Yo quería ser jugando. En esa misma charla le señalé que estaba haciendo el curso de entrenador, pero, como te decía, con la intención de ser director deportivo. Más abocado a tener una buena comunicación entre los jugadores, el entrenador y el club.

“Nacho, yo no te veo para eso”, me dijo Javier de manera tajante. “Yo te veo como un tipo para estar en la cancha”. Según él porque yo soy muy cuadrado, muy seco e iba a pelearme mucho en esa posición. “Mejor pelea con los jugadores, que es lo que sabes”.

“En el campo, los entrenadores me daban indicaciones para que yo se las transmitiera a mis compañeros”

En ese momento no lo tomé mucho en cuenta, pero en otras prácticas con la selección, cuando yo ya estaba colaborando, le pregunté si me había retirado solo para eso. Y bueno, me dijo que ahora que había entendido de qué se trataba, quería que empezara a viajar, a entregar informes y que fuera entendiendo qué era lo que necesitaba.

Eso me cambió todo.

Cuando empecé a entender las formas de jugar, a hacer trabajos en la cancha. Javier tenía razón de que yo era para estar en la cancha.

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Una vez fuera de la selección, me contrataron en el Puebla con el objetivo de salvar al equipo del descenso.

Lo logramos. Sin embargo, aunque la cosa había ido bien, yo sentía que todavía pensaba más como jugador que como entrenador. Me decía a mí mismo que no estaba preparado aún. Así que decidí viajar para formarme.

Fui a España, para ver a Osasuna, que peleaba por el descenso, ya con Javier Aguirre a cargo.

Vi dos partidos, el equipo se salvó, y luego quedamos para cenar en Madrid. Ahí le dije que no estaba preparado para ser entrenador. Le expliqué los motivos de esa reflexión, entre ellos que había cometido muchos errores y que me había peleado con los directivos igual que como cuando era jugador.

“Puede que haya una oportunidad de que te vengas a España a trabajar conmigo”, me señaló.

Diría que, a modo de prueba, me dio su computadora y me pidió un informe completo sobre qué le faltaba a Osasuna y qué jugadores podrían ser contratados. Miré todos los partidos del equipo esa temporada, pero también de otros equipos de La Liga y jugadores.

Yo ya tenía experiencia en eso con Javier. Qué tipo de análisis le gustaban ver. Una vez cuando estaba en la selección había preparado un informe, casi como medio libro. Se lo mostré al segundo entrenador, Guillermo Vázquez, y cuando lo vio me lo rompió.

“Si le das esto a Javier, en la segunda hoja ya se aburriría de leerlo. Solamente dos hojitas, con un resumen de ofensiva, otro de defensiva y un comentario final”, me dijo Vázquez. Entonces yo ya sabía lo que tenía que presentarle cuando lo de Osasuna: tres hojas que resumían una temporada completa.

Javier me confirmó la posibilidad de trabajo, viajé a España y me quedé seis años ahí.

David Ramos/Getty Images

Congeniamos muy bien con la afición y la ciudad de Pamplona, y la forma de ser de Javier tuvo mucho que ver con eso. Como uno lo ve, así es. Se lleva bien con el jugador, hace una familia del vestuario.

Él se movía en la ciudad como cualquiera y departía con todos. La conocía muy bien por haber jugado ahí. Se hizo querer por la gente y cuando todo eso va a acompañado de buenos resultados eso hace que la afición responda bien. Javier es muy directo, muy dicharachero.

En la última temporada, el equipo se clasificó para la Champions League. Terminamos cuartos en La Liga. Un logro increíble para Osasuna. En el festejo, Javier me abrazó y me dijo: “Creo que nos vamos a tener que ir”.

Y yo le pregunté a dónde, si estábamos muy bien donde estábamos.

“En dos días hablo contigo”.

Pasado ese tiempo me dijo que estaba hablando con el Atlético de Madrid y que parecía que nos íbamos. Y quedó en confirmarme todo en otros tres días.

“El ‘Kun’ me decía: ‘A mí me dejan ahí arriba y me tiran la pelota y yo resuelvo’”

Cené con él y ya me pidió un informe sobre el equipo y me comentó la fecha en que teníamos que presentarnos en el nuevo club.

Nos desligamos de Osasuna y llegamos a un nuevo reto, que era un Atlético de Madrid que llevaba muchos años sin clasificar a torneos europeos.

No se me olvidará la primera rueda de prensa. Ahí él declaró que pelearíamos por copas europeas y cuando le comenté sobre eso, bien a su estilo, me dijo: “Cabrón, ¿y qué quieres que le haga, que vamos a pelear por no descender?”.

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El equipo tenía muy buenos jugadores. Leo Franco, Pablo Ibáñez, Antonio López, Amaranto Perea, Gabi, Fernado ‘Niño’ Torres, el ‘Kun’, Maxi Rodríguez… Sin embargo, no terminaban de alcanzar su máximo rendimiento. De alguna u otra forma venían cargando con la responsabilidad de no clasificar a Europa.

Y esa temporada llegó Sergio Agüero (arriba). ¡Con 17 años! Era chiquito, no hablaba mucho en el vestuario. Cuando Javier lo vio jugar por primera vez me dijo: “Este no sabe nada’.

Lo quería mandar a promesas o algo así y yo me comprometí a entrenarlo y trabajarlo.

El ‘Kun’ me decía: “A mí me dejan ahí arriba y me tiran la pelota y yo resuelvo”. Es lo que venía de hacer en Argentina, con Independiente, pero yo le explicaba que en España si no corría no iba a funcionar. Trabajábamos junto con Fernando Torres (abajo). Todos mis respetos para ‘Fer’, una persona y un jugador de la A a la Z. Fue increíble estar con él. Por cierto, qué gusto me da que comience ahora como entrenador.

Entre los tres, tratamos de coordinar en esas sesiones de entrenamientos ciertos movimientos. Les mostraba videos a ‘Fer’ y a Sergio para explicarles lo que Javier buscaba.

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El equipo llegó a la Copa de la UEFA (hoy Europa League) el primer año, a la previa de la Champions en el segundo y en el tercer año todo iba bien hasta el párate por Navidad.

Javier y yo siempre hablábamos de que ese paroncito de diciembre nos costaba.

Y ese enero fue complicado. En la Copa del Rey nos eliminó el Barcelona y luego un golpe tras otro en La Liga que no nos dejó reacomodarnos.

Lo intentamos todo para cambiar la dinámica. Buscamos soluciones rotando el equipo, llegó otro entrenador mexicano a ayudarnos, pero no, son esas situaciones en que no encuentras qué fue lo que se desarticuló. Hicimos una formación diferente, pero no pudimos ni siquiera empatar un solo partido. Perdimos los cinco del mes.

“Todos mis respetos para Fernando Torres, una persona y un jugador de la A a la Z”

Los resultados mandan y a Javier le costó el trabajo. Por supuesto a su equipo de ayudantes también.

Después de siete años de trabajar con él, entendí que era el momento de buscar lo mío. Él retomó la selección un par de meses después y yo me quedé en Europa seis meses más porque mis hijos estaban estudiando.

Tengo una gran relación con Rafa Márquez, así que ese semestre me lo pasé pegado al Barcelona, viendo entrenamientos, viéndolos en la Champions. Vivía entre Madrid y Barcelona. Mis hijos terminaron el colegio y regresé a México a fines de 2009.

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Me vine ya preparado para ser primer entrenador. A recibir palos y hostias (risas). Pero en parte es verdad, es más duro trabajar como entrenador. Como jugador si pierdes no te despiden. Como entrenador no es así. Y más en México, donde firmas por cuatro años y a la quinta jornada ya te echan.

Uno se va preparando para todo eso. Y también para trabajar con grandes jugadores, ya como primer entrenador. Entre ellos Ronaldinho (arriba), en Querétaro.

Cuando me enteré de la posibilidad de que viniera al club, llamé por teléfono a Márquez para preguntarle cómo manejarlo mejor. Me dijo que lo tratara como era. “Ronnie es un tipo muy tranquilo y no tiene nada de estrella”, me dijo. Eso sí, me advirtió que cualquier cosa que tuviera que decirle, se la dijera de frente. “Si le dices que está mal, díselo y de frente”.

Cuando Ronaldinho llegó le comenté en la primera charla que había hablado con Rafa.

Le dije que el mexicano era un fútbol diferente al que estaba acostumbrado. Porque se juega en la altura, luego a nivel del mar, se corre mucho, puedes jugar al mediodía, por la tarde, por la noche. Hay menos toque de pelota, mucha dinámica.

“Sí, sí, tranquilo”, me dijo. Yo continúe diciéndole que no me espantaba todo lo que se decía de él de las fiestas y demás, pero que fuera prudente por respeto al equipo. “Sí, sí, tranquilo”, me volvió a responder.

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Le gustó que le hablara así, de tú a tú, como me había dicho Rafa. Y forjamos una muy buena relación. Fueron varias las conversaciones que tuvimos, pero recuerdo una especialmente.

Me llegó y me preguntó. “Entrenador, ¿por qué no entrenamos mejor a las siete de la noche? A esa hora entreno mejor”. Pero yo le dije que no, que entrenábamos a las 10 de la mañana. Eso no se cambiaba.

Para el equipo fue un impacto muy grande. Tener una figura de esa envergadura. También entre los jugadores del equipo. Un día me pidió que le dijera al resto del plantel que no le pidieran que firmara tantas camisetas.

Puso mucho de su parte. Las cosas salieron más o menos y yo salí por los resultados. Pero el equipo luego llegó a una final de Copa y una final de liga.

“A Ronaldinho le gustó que le hablara de tú a tú, como me había dicho Rafa Márquez”

Hoy en día uno tiene sensaciones que vienen de diez años de trabajo, como decimos en México “de picar piedra”.

En León tengo la fortuna de ver reflejado lo que está en mi cabeza en una cancha. Primero convencer a seres humanos, después convencer al jugador, porque el futbolista tiene un ego muy particular. Y la parte principal es el compromiso que tienen los jugadores.

Yo les he insistido mucho en que la gente te va a aplaudir si das todo en la cancha, si vas a medias tintas es muy difícil. Nosotros decimos que nos “tenemos que morir en la raya”, el que juguemos bien y no ganemos no nos va ayudar.

César Gómez/Jam Media/Getty Images

En el club me han dejado tomar decisiones. La directiva me ha apoyado. Tengo una muy buena relación con ellos y de alguna forma creo que hoy, con 55 años, veo más claro el fútbol y trato de transmitírselo a los jugadores de la forma más fácil para que ellos la entiendan.

Puedo decir que estoy viviendo un gran momento en mi carrera. Soy un apasionado del fútbol, me lo ha dado todo, pero entiendo que es una profesión que es como vivir en la rueda de la fortuna.

Pero tengo sueños y primero me gustaría darle al club León la octava estrella que tanto pide la afición. También le he dicho a los directivos, a los dueños del club que, si me saliera una oferta de Europa, aunque fuera para el ascenso, no lo dudaría, me gustaría regresar. Y lo otro que me gustaría es la selección.

Pero siempre manejándolo todo con humildad.

Mi padre siempre me transmitió eso. Una cosa es ser humilde y otra cosa es ser sumiso. “Tienes que ser humilde, trabajador y respetuoso de todo el mundo. Con eso te irá bien”.

Estás abajo y hay que trabajar, estás en el medio y hay que trabajar y estás arriba y también hay que trabajar para mantenerte.

Es como un legado de mi padre. Tener ese perfil bajo pase lo que pase.

Ignacio Ambriz

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