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Mário Zagallo

Seleccionador de Brasil, Mundial 1970 y 1998

El Perfil:

Brasil es conocida mundialmente como la nación futbolera por excelencia. Además de sus cinco títulos mundiales, a la nación sudamericana se le relaciona con un estilo ofensivo y con grandes futbolistas, no en vano, cuando se habla de fútbol brasileño rápidamente vienen a la memoria nombres como Pelé, Garrincha, Tostao, Zico, Sócrates y, más recientemente, Ronaldo, Ronaldinho, Romario o Neymar.

Sin embargo, hay una gran figura que, aunque como futbolista no alcanzó el reconocimiento mundial de esos astros, ha sido tan importante como ellos. Se trata de Mario Zagallo.

Apodado “El Lobo”, Zagallo (Maceió, Brasil, 9 de agosto de 1931) fue un extremo izquierdo que brilló en Flamengo y Botafogo por su capacidad ofensiva. En la selección, fue parte fundamental de los dos primeros mundiales ganados por Brasil en Suecia 1958 y Chile 1962. No obstante, el mayor reconocimiento de su carrera llegó en el rol de entrenador de “La Seleçao” que maravilló al mundo en el mundial de México de 1970.

La selección brasileña clasificó a ese Mundial sin mayores sobresaltos de la mano de Joao Saldanha, quien además de entrenador era un periodista muy crítico del gobierno militar. En los amistosos previos al torneo, la Confederación Brasileña de Fútbol, impulsada por los malos resultados y la tensa relación que el seleccionador mantenía con Pelé y otros referentes, decidió despedirlo y contratar a Zagallo, quien hasta el momento se desempeñaba como entrenador del Botafogo.

Brasil brilló en aquel campeonato, convirtiéndose en el primer tricampeón mundial de la historia, adjudicándose en propiedad la Copa Jules Rimet. En el siguiente Mundial, Brasil no pudo sostener el nivel por lo que Zagallo debió alejarse de la conducción técnica hasta 1994 cuando, en el rol de segundo entrenador de Carlos Alberto Parreira, Brasil obtuvo su cuarto campeonato mundial.

Zagallo había regresado a su selección por la puerta grande, lo que llevó a la CBF a nombrarlo nuevamente seleccionador nacional para el Mundial de Francia 1998. Allí condujo al equipo sudamericano a una nueva final, aunque con un resultado distinto al de México 70′, ya que esta vez, su selección caería 3 a 0 en la final frente al país anfitrión.

Aun así, la historia de Zagallo es la de uno de los grandes exponentes del más puro fútbol brasilero, aquel en el que el juego colectivo permite a sus grandes figuras desarrollar su mejor versión. Un fútbol de ataque, vistoso, heredero de los entrenadores húngaros (Dori Kruschner y Bela Guttman fueron los más influyentes) que llegaron a Brasil en la década de 1950 y que cambiaron la historia del fútbol mundial para siempre.

Como si fuera poco, de cara al Mundial de Japón y Corea 2002, la CBF lo nombró asesor especial del cuerpo técnico, rol que le permitió festejar un nuevo triunfo de la Canarinha y convertirle en el hilo conductor de todos los campeonatos ganados por Brasil en el mayor torneo de selecciones nacionales.

Estilo de Juego:

Zagallo creía que el talento individual destacaría siempre y cuando estuviese apoyado en el orden y la solidaridad colectiva. Con su estilo calmado y conciliador, convencía a los jugadores de asumir ciertas responsabilidades, algo que parece sencillo pero que, en un equipo repleto de figuras, no lo era.

Su primera charla con los integrantes del equipo comandado por Pelé (abajo) así lo demuestra: “Quiero de todos vosotros disciplina y orden, voluntad y abnegación. Cuando era jugador fui muy criticado por mi estilo. Fui combatido con vehemencia, pero seguí en el combate, y eso es lo que hoy quiero de cada uno de los integrantes de la selección brasileña. En el fútbol de hoy todos tienen que combatir, todos tienen que luchar, sin distinción de funciones”.

Sus equipos, aún cuando variaran los protagonistas, tenían rasgos muy definidos. Entre esos aspectos destacaba el uso de una línea de cuatro defensores; la proyección de los laterales en situaciones ofensivas haciendo de extremos, y los movimientos desde afuera hacia adentro de los volantes ofensivos. Sin embargo, lo que más define a su filosofía es la presencia de futbolistas talentosos, quienes sabían cómo construir juego y conectarse con los compañeros por medio del pase y del movimiento.

Pasar y moverse. Ese postulado tan natural se convirtió en la característica principal de sus dos selecciones. Ningún futbolista podía quedarse quieto, sino que tenía que encontrar una ubicación para convertirse en opción de pase. Cuando recibía la pelota, el futbolista debía inmediatamente buscar a un compañero y, una vez pasada la pelota, estaba obligado a retomar la dinámica para convertirse nuevamente en un apoyo.

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Fase ofensiva:

En su ideario había una consigna principal: los buenos futbolistas siempre debían estar en el campo. Para ello, sobre todo en el caso del equipo del 70, tuvo que convencer a sus jugadores de interpretar roles que no eran los habituales. Un ejemplo de ello fue Wilson da Silva Piazza.

Piazza era un mediocampista central. Había sido convocado a la selección por Saldanha para que interpretara ese rol, pero una vez que Zagallo asumió la selección, se vio en la obligación de retrasar su posición en el campo para jugar de defensor central, un movimiento pensado en mejorar la salida del balón desde su propia área, mediante sus asociaciones con los laterales (Carlos Alberto y Everaldo) o con Clodoaldo, el nuevo volante central.

El Brasil campeón en México 70 fue un equipo muy dinámico, en el que los futbolistas ofensivos intercambiaban constantemente sus posiciones. Esto fue posible dada la naturaleza de cinco de ellos, los llamados “Cinco dieces”, que eran Gerson, Rivelino, Jairzinho, Tostao y Pelé. Aunque cada uno era la estrella de su respectivo equipo, bajo el mando de Zagallo aceptaron asumir nuevas posiciones que garantizaban su participación en el once titular.

Aquel equipo formaba en un 4-3-3 falso, ya que a pesar de esa disposición táctica, el equipo se caracterizaba por el intercambio constante de las posiciones. Salvo los defensores y el propio Clodoaldo, el resto de los futbolistas se movían por todo el campo de juego, adoptando diversas colocaciones siempre según lo que demandaba la circunstancia.

Al no haber posiciones fijas en estos cinco futbolistas, cada uno tenía la libertad de moverse por todo el frente de ataque sin mayores restricciones.

La construcción de juego comenzaba en Piazza, quien al recibir la pelota buscaba conectar con Clodoaldo o con los laterales, preferiblemente con Carlos Alberto. Una vez que esto sucedía, entraba en juego Gerson, el mariscal del equipo.

Gerson se convirtió en el eje de aquella selección. Su influencia era notoria en esa fase del juego, ya que de sus pies nacían las sociedades en corto, apoyándose en las proyecciones de los laterales, o buscando, por medio de un pase largo, la intervención de los futbolistas más adelantados. Una vez que se desprendía del balón, era el encargado de sacar al equipo para posicionarlo lo más alto posible. Gracias a esta dinámica llegaba a posiciones de remate, bien para habilitar a un compañero, o para finalizar él mismo las jugadas.

La proyección de los laterales, así como las sociedades que construían con los futbolistas cercanos, le daban al equipo de Zagallo la oportunidad de explotar dos de sus grandes claves ofensivas: el remate de cabeza de Pelé y el disparo de media distancia de todos sus atacantes. El 10 poseía un remate de cabeza casi perfecto que se combinaba con su potente salto y su capacidad para atacar espacios en carrera.

La figura goleadora de aquel equipo fue Jairzinho, con siete tantos en el torneo. Partiendo inicialmente desde la banda derecha aprovechó su capacidad para aparecer por sorpresa y anotó en cada uno de los partidos disputados por Brasil.

En ataque, la selección brasileña que conquistó México 70 era un equipo que mezclaba largas posesiones con cambios de frente. No obstante, fue su juego colectivo y el atrevimiento de sus figuras lo que le catapultó al triunfo y al Olimpo.

En su selección de Brasil de 1998, Zagallo jugó con un 4-2-2-2 muy definido en el que las proyecciones de los laterales (Cafú y Roberto Carlos) cobraban un gran protagonismo. Esto le obligó a jugar con un doble pivote en el centro del campo (Dunga y César Sampaio) para que el equipo no perdiera solidez defensiva.

Sus mediocampistas ofensivos eran zurdos (Rivaldo y Leonardo) y, aunque partían desde las bandas, no eran extremos al uso sino volantes que buscaban acercarse a posiciones de gol, por lo que la participación de los laterales era imprescindible para darle amplitud al campo de juego.

A diferencia del equipo del 70, este Brasil construía el juego desde su portero (Taffarel). El arquero era reconocido por su atinado juego de pies, lo que le permitía encontrar en los centrales (Aldair y Junior Baiano) o en los volantes centrales, el primer pase para avanzar hacia campo contrario. En caso de que los rivales ejercieran una presión alta, Taffarel podía lanzar en largo hacia los atacantes o volantes ofensivos ó, en su defecto, sacar provecho de la posición avanzada de los laterales.

Rivaldo y Leonardo eran futbolistas complementarios. El primero tenía una vocación más de atacante y pisaba el área con regularidad, sumando a esto su delicada pierna izquierda, capaz de poner un pase de gol en cualquier momento. Por su parte, Leonardo era un futbolista más fino, capaz de desenvolverse con comodidad en distintas zonas del campo. Su pasado como lateral le permitía desenvolverse con facilidad en la banda y desde ahí divisar la mejor opción de pase.

En esta selección, Zagallo hizo énfasis en promocionar las sociedades entre estos mediocampistas con los laterales. Cafú y Roberto Carlos no solamente recorrían la banda en búsqueda de espacios que ensancharan el campo de juego sino que cada uno tenía unas características que enriquecían cualquier táctica ofensiva.

Cafú era un gran pasador: cada centro suyo desde la banda derecha era una habilitación y, cuando por su banda desbordaba otro futbolista, era capaz de ocupar posiciones más centradas. En el otro costado, Roberto Carlos se caracterizaba por intentar hacer diagonales que le dejaran en zona de remate.

Aquel equipo jugaba con dos delanteros (Ronaldo y Bebeto) que no se ajustaban a la definición clásica del delantero centro sino que entraban y salían de la zona de definición constantemente. Sus movimientos les permitían asociarse con los volantes que llegaban o hasta con los laterales.

Ronaldo (abajo) estaba llamado a ser la estrella goleadora del torneo. Sin embargo, fue su juego sin el balón lo que más destacó. Gracias al arrastre de marcas y a su costumbre de tirarse unos metros atrás, Brasil gozó de una atípica cuota goleadora de Sampaio, así como de la efectividad de Bebeto y de Rivaldo. Aun así “El Fenómeno” marcó cuatro tantos.

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Fase Defensiva:

Zagallo entendió que el desarrollo del juego no solo dependía de los jugadores, sino también de las condiciones que lo rodeaban, adaptando a su equipo para ello. Así, para México 70′ la Confederación Brasileña de Fútbol y él decidieron que el equipo llegase con bastante tiempo de antelación para acostumbrarse a las altas temperaturas en las que se iba a jugar el torneo. Un aspecto que podía tener mayor impacto a la hora de mantener la concentración y el físico necesario para defender.

En situaciones en las que el equipo perdía la pelota en fase de construcción, normalmente se posicionaba con tres defensores, los dos centrales y Everaldo, más el apoyo de Clodoaldo, que hacía las veces de volante más retrasado. Este posicionamiento normalmente era cercano al medio del campo, por lo que, ante cualquier balón en profundidad, estos futbolistas debían recorrer mucho espacio que inicialmente estaba a sus espaldas.

Zagallo formó a una selección que se sentía cómoda defendiendo hacia delante. Carlos Alberto era un lateral con clara vocación ofensiva, y Piazza, en su nuevo rol como defensor central, conservaba su vocación de mediocampista. Todo esto ayudaba a que el equipo sufriese cada vez que era atacado a sus espaldas con pases en profundidad. Esta situación convertía a Brasil en un equipo que si bien era poderoso ofensivamente, en fase defensiva concedía muchas posibilidades a sus oponentes. El saldo final de goles recibidos así lo confirma: siete goles recibidos en seis partidos.

Si el rival se desarrollaba en un ataque organizado, Brasil rearmaba la línea de cuatro cerca de su área. Unos metros más adelante, los volantes centrales, con la ayuda de Rivelino o de Jairzinho, se sumaban al dispositivo defensivo, dejando a Tostao como pivote ofensivo y a Pelé, libre, como los jugadores más adelantados.

Zagallo había construido un equipo que se defendía con la pelota, sabedor de que el mencionado calor mexicano haría casi imposible enfrentarse a rivales que ejecutaran una presión alta sostenida. Cuando así fuese, una vez recuperada la pelota, tenía en Gerson al cerebro perfecto capaz de lanzar rápido en búsqueda de un contraataque o de dar la pausa necesaria para reorganizar al equipo.

El Brasil de 1998 fue un equipo con una estructura defensiva más desarrollada. A pesar de la vocación ofensiva de sus laterales, Zagallo, con la aplicación del doble pivote, consiguió mayor solidez.

Cuando el oponente recuperaba el balón, los volantes ofensivos, en especial Leonardo, y Cesar Sampaio iniciaban la presión que estaba ayudada por los delanteros. Mientras eso sucedía, Dunga, el mediocampista más retrasado, sostenía su posición cercana a los defensores centrales, a la espera de la resolución de esa presión.

En los ataques organizados, Brasil se replegaba hasta reorganizarse en un 4-4-1-1. Dependiendo de la cantidad de atacantes rivales que protagonizaran el avance, Rivaldo podía quedar en una posición más alta, ofreciéndose como posibilidad para construir un contragolpe.

La agresividad y la dinámica de los mediocampistas centrales era esencial para evitar que los oponentes se encontraran en situaciones de mano a mano con los centrales brasileños. Dunga, más retrasado, y Sampaio, eran futbolistas de gran despliegue e inteligencia táctica, expertos en el corte de juego. Además, el capitán era la voz de mando que marcaba dónde y cómo posicionarse ante los ataques rivales.

En situaciones de contragolpe, el Brasil de 1998 sufría mucho a la espalda de los defensores. Debido a los desplazamientos de Cafú y Roberto Carlos, la selección de Zagallo fue un equipo al que se le hizo mucho daño en jugadas que iniciaban en las bandas. Sin embargo, si esos ataques no eran resueltos con rapidez, ambos laterales rápidamente se sumaban al dispositivo defensivo, reorganizando al equipo en fase defensiva.

Mario Zagallo fue un entrenador que basó su carrera al mando de la selección en la elección de futbolistas técnicos y de vocación ofensiva. Sus equipos, en dos mundiales, recibieron la asombrosa cifra de 17 goles en 13 partidos. Por el contrario, su carácter atacante le reportó hasta 33 goles en la misma cantidad de duelos. Pero su legado es la defensa del fútbol espectáculo, ofensivo, en el que al campo saltaban los futbolistas de mayor talento, generando ecosistemas equilibrados en los que convivía lo mejor de ese talento con reglas básicas que potenciaban las estructuras colectivas.

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