Fotografía: Independiente del Valle

Miguel Ángel Ramírez

Independiente del Valle, 2019-Presente

Sinceramente, nunca me marqué como una aspiración ser entrenador de un equipo de máximo nivel.

Pienso que hacerte esos planteamientos llega a ser irreal. ¿Cuántos llegan a esa última etapa? Casi ninguno.

Entonces, tendrás que plantearte tu trabajo en el fútbol base de otra manera: en qué vas a ayudar a ese chico en su formación, qué le vas aportar en su vida y cómo le vas a transformar a través del fútbol. Que su realidad sea otra, una persona con unos valores determinados que le puedan facilitar unas herramientas para su futuro. Profesional y personalmente, independientemente a lo que termine dedicándose.

Al final, creo que se trata de dejar un legado en cada uno de esos chicos. No solo eres entrenador, también eres formador.

A todos los niveles.

Fotografía: Imagosport

Así lo había hecho desde que empecé a entrenar con 19 años, en un club local de mi ciudad, el Claret. Y después en la academia de la UD Las Palmas, donde pasé nueve años y por casi todas las edades formativas, y más tarde en la del Alavés.

La Academia Aspire fue el lugar donde tuve la suerte de alcanzar mi sueño: dedicarme profesionalmente a la formación de jugadores. Juntando mis dos grandes pasiones: la educación -soy profesor de Educación Física y licenciado en Ciencias del Deporte- y el fútbol.

Tenías todo lo que podías pedir. Unos campos increíbles, los mejores medios para los jugadores, un grupo de formadores espectacular… Así era -y es- Aspire.

Arranqué con el equipo Sub 14, para luego tener la suerte de pasar a las selecciones nacionales. Primero siendo asistente de Roberto Olabe (abajo) en la Sub 19 y finalmente seleccionador Sub 17. La experiencia de una selección nacional y de competiciones internacionales es algo increíble. Pura magia.

“La Academia Aspire fue el lugar donde tuve la suerte de alcanzar mi sueño: dedicarme profesionalmente a la formación de jugadores”

El trabajo que se te exigía era de máxima profesionalidad. No tanto por conseguir los resultados. Tal vez esa era la última de las presiones que tenías. Se te pedía hacer las cosas bien en la gestión de los jugadores, en su formación, y además que no se te escapara un chico en tu trabajo de scouting.

El objetivo que se marcaba estaba muy claro: “Tenemos que encontrar a los mejores del país y entrenarlos de la mejor manera”.

Cada partido que íbamos a ver hacíamos un informe individual de los chicos que ya estaban en Aspire (entre semana entrenan en la Academia y el fin de semana juegan con sus equipos) y del resto de jugadores. Eso era no menos de 22 jugadores por partido.

Imagínate la cantidad de información que tenías que llegar a gestionar…

A medida que avanzaba la temporada, pasábamos a distintas fases de reclutamiento en el que ya entonces ibas a ver un jugador en concreto, alguno que te había llamado la atención durante todos los meses anteriores. Entonces hacías un informe más completo sobre él. De todos sus detalles y aspectos del juego.

Jasper Juinen/Getty Images

Era un trabajo tan profesional que tú mismo te metías la presión. No hacía falta que nadie te dijera nada. La manera de trabajar y la gestión de la Aspire te llevaba a dar lo máximo en cada momento.

Un proceso donde también fui adquiriendo nuevos conceptos tácticos. Una manera diferente de ver las cosas.

Seguramente empecé a experimentar el juego posicional por Olabe y Mikel Antía (abajo). Olabe, al margen del mencionado papel de seleccionador de la Sub 19, también era el Director de Fútbol de Aspire, con Antía como ayudante.

Recuerdo que en los primeros momentos días me sentaba a ver partidos con ellos y me veía lejísimos de sus conocimientos. Sentía que se me escapaban un millón de cosas que ellos sí veían.

Ambos me llevaron a ver el juego más como una relación del futbolista con el espacio. A entender el fútbol desde la creación, la conquista y la defensa de espacios. Seguramente seis años después, estoy a años luz del entrenador que llegó a Aspire.

La decisión de salir de allí no fue difícil, porque creo que todo se fue dando para cerrar una etapa. A mí deportivamente no me fue bien con la selección Sub17, no conseguimos clasificar para la Copa de Asia y en ese momento entró Edorta Murua como Director.

Digamos que yo era del proceso anterior, no era del entrante, y eso me hizo sentir que mi etapa en Aspire se iba acabando.

Necesitaba otro proyecto y otra motivación.

Stu Forster/Getty Images

En los primeros seis meses de 2018 tuve reuniones con varios clubes. De Inglaterra, Alemania y España. En general para trabajar en el fútbol base y también como entrenador individual de jugadores, transversal entre las diferentes edades.

Y en ese intervalo para valorar qué opción podía ser la mejor para mí, un compañero contactó conmigo: “Olabe se marcha de Independiente del Valle y están buscando una persona para llevar la dirección deportiva del club. ¿Por qué no te lo piensas? Es un equipo con gente buena, con un perfil de jugador muy bueno y un buen ambiente”.

Olabe había llegado a Ecuador después de su paso por Aspire, y decidió entonces volver a España, para hacerse cargo de la dirección de fútbol de la Real Sociedad.

Por ese lado, estaba tranquilo. Sabía de todo lo bueno que podía haber hecho él en Independiente, lo cual me facilitaría mucho el trabajo.

“Seguramente empecé a experimentar el juego posicional por Roberto Olabe y Mikel Antía”

Sin embargo, no conocía nada del club. Sabía que algunos dirigentes habían estado alguna vez en Aspire, pero yo no tenía ni idea del porqué. Luego, preguntando a compañeros que sí ayudaron en el proceso de tutorización a la academia de Independiente, me dijeron que habían estado en Qatar porque querían copiar un poco el proceso que estaba haciendo Aspire y por eso se habían llevado a Olabe.

Me reuní con los dirigentes de Independiente en España y en junio de 2018 me hicieron la oferta para ir a Ecuador.

Mi propuesta era la misma que la de Olabe, manteniendo un estilo basado en el juego posicional. Debía ser coherente con el paso que ya había iniciado él, dándole una continuidad y desarrollo en todas las categorías. Entonces mi mayor reto era ese, y creo que después de un año lo logramos. Todas las categorías fueron fieles a un modelo de juego, presente en el día a día en el desarrollo del método de entrenamiento.

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Después llegó el paso al primer equipo. Una transición que fue toda una locura.

Estábamos en San Sebastián, en el País Vasco, jugando un campeonato con las categorías inferiores organizado por la Real Sociedad en abril de 2019. La Real nos invitó a ver un partido de La Liga ante el Villarreal. Y en el descanso me llamó mi gerente deportivo: “Oye Miguel, que Ismael Rescalvo se va”, me dijo. “¿Cómo qué se va?“, le dije. Rescalvo era el entrenador del primer equipo. “Sí, se marcha a Emelec”.

Eso era un viernes por la tarde y el primer equipo jugaba el domingo partido de Liga. “¿Qué hacemos?”, le pregunté al gerente deportivo.

Recuerdo que nada más terminar esa conversación agarré mi móvil y empecé a llamar a entrenadores que yo conocía y que creía que podían tener el perfil para hacerse con el primer equipo. El gerente hizo lo propio, y empezamos en la búsqueda del entrenador. Pero claro, para el partido del domingo iba a ser imposible tener a nadie en el banco. Desde el club me pidieron que me hiciera cargo de la situación hasta que tuvieran a alguien.

Así que me subí al primer avión desde España y me planté en Quito el sábado por la tarde. No pude ni pasar por casa al llegar. Directamente me fui a la Ciudad Deportiva porque estaba el primer equipo concentrado para el partido del día siguiente.

Yo estaba totalmente descolocado. Sin información sobre el equipo contrario, sin nada montado y a contrarreloj para preparar algo del partido y enseñárselo a los jugadores al día siguiente a la mañana.

Fotografía: Independiente del Valle

En ese partido y los siguientes tuve de apoyo al cuerpo técnico del equipo Sub 18/Reserva, que dirigieron dos partidos del primer equipo.

El gerente deportivo quería que yo siguiera con mi actividad en el fútbol base, sin desviarme. Temía que Independiente perdiera al director del fútbol base que había montado durante un año la estructura para subirlo al primer equipo. Pensaba que se podía perder más de lo que ganábamos. Yo estaba de acuerdo con esa opinión, y además quería seguir con esa función.

Pero fueron pasando los días y el club no encontraba algo que fuera diferente a lo que había tenido años anteriores. Y yo, mientras tanto, cada vez me iba encontrando más cómodo en esa nueva función en el primer equipo

Durante mi trabajo de director del fútbol base había estado sin entrenar un año. Pero ese tiempo creo que también me dio las herramientas necesarias para estar preparado ante un momento como el que estaba viviendo.

“¿Qué tal, Miguel? ¿Cómo te sientes?”, me iban preguntado desde la dirección deportiva. Y eso llevó a una conversación final. “¿Quién mejor que tú para el puesto? Contigo vamos a tener esa continuidad de promocionar a los chicos del fútbol base al primer equipo. Poder llevar el modelo de juego al primer equipo”, me dijeron.

“La transición al primer equipo de Independiente del Valle fue toda una locura”

Tocaba decidirme, pero antes hice varias llamadas. Consulté a compañeros que había tenido en Aspire, amigos y familia, y terminé aceptando, formando también mi cuerpo técnico.

Felipe Sánchez, que había sido mi asistente en la Sub 17 en Qatar, y tiene esa sensibilidad por el juego de posición. Y Martín Anselmi, a quien conocí ya en Ecuador. Cuando hable con él, es eso que sientes que encuentras a tu alter ego. Un alma gemela. Por otro lado, Martín sí que podía dar lo que yo no había experimentado: la experiencia en el mundo profesional. Él había estado en Argentina como asistente de Gabriel Milito.

A asimilar todo lo que iba ocurriendo me ayudó esa última etapa en Aspire. De frustraciones y de malos resultados. Acompañado también por el año que estuve en el fútbol base de Independiente. Eso me dio otra visión de las cosas un poco más desde arriba. Relativizar la competencia para ver la derrota y la victoria como algo natural. Algo que no está exclusivamente en la mano del entrenador.

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Ese fue el sentimiento que tuve en la final de la Copa Sudamericana ante Colón. Estaba nervioso, pero sereno. Habíamos trazado el camino, trabajado bien durante toda la competencia y los días previos a la final, pero el resultado podría depender de otros factores. Pasara lo que pasara, lo importante era que la final iba a formar parte de mi crecimiento. Me sentía afortunado de poder vivir esa experiencia.

Ganamos la Copa y los meses siguientes hubo mucho ruido. Especialmente en diciembre de 2019. Muchas llamadas de prensa, oferta de clubes, interés de agentes… Eso sí fue difícil de digerir. Me decía, “¿qué hago?, ¿me voy o me quedo?”

Habían pasado muchas cosas, y todas buenas, pero sólo llevaba seis meses como entrenador en Independiente. No podía tomar ese tiempo como referencia porque era algo irreal. No creo que haya ningún caso en el que solo seis meses después de empezar a entrenar a un equipo al máximo nivel, se gane un torneo internacional y se pueda conseguir hacer jugar a su equipo como uno quiere.

Fotografía: Independiente del Valle

Y ahí volvió a aparecer Olabe para decirme: “Quieto. Ahí tienes un club que te da estabilidad. Un lugar donde puedes acumular experiencia y partidos. ¿Te vas a ir a un equipo en el que puede que pierdas tres partidos y te echen?”. Fue lo que necesitaba escuchar para terminar de aclarar mis ideas.

Ya llegará el momento de dar nuevos pasos.

Si miro atrás, me siento súper feliz del camino recorrido. Sobre todo, porque me ha hecho mejor persona y mejor entrenador. También he podido conocer a muchos profesionales que ayudaron a ese crecimiento.

Y quiero que lo que venga por delante siga siendo así.

Miguel Ángel Ramírez

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