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Frank Kudelka

Newells' Old Boys, 2019-Presente

Quería volver a demostrarme a mí mismo quién era y si estaba capacitado para esto.

La misma sensación que viví en 2014 cuando agarré Talleres. Por eso acepté la oferta de Newells’ Old Boys.

Mi esencia como entrenador nació cuando apenas era niño. Ya por entonces jugaba a ser técnico. Un botón era el balón, las porterías unos lapiceros y los jugadores unas figuritas que compraba en una tienda cerca de casa. Por ahí ya idealizaba posicionamientos, tácticas o cómo programar un equipo en la cancha.

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Una pasión igualada a la de ser futbolista profesional. ¿Quién no sueña primero con eso cuando ama este deporte? Era un buen jugador. Delantero goleador, aunque no me gustaban las patadas. Digamos que un poco saltarín, intentando evitar las acciones más comprometidas con los defensas.

Pero ese sueño se esfumó cuando parecía que empezaba a tomar forma. Solo una semana después de recibir una invitación de una institución de Primera para incorporarme a las categorías inferiores, llegó un telegrama a casa.

“Le informamos de su incorporación en el batallón 141 de Comunicaciones de Córdoba para realizar el servicio militar…”. No pude leer mucho más. En una edad, 18 años, donde se decide si uno va para adelante o no como jugador, eso te corta para siempre.

“Mi esencia como entrenador nació cuando apenas era niño. Ya por entonces jugaba a ser técnico”

Fue tanta la frustración que tuve de no poder tomar esa oportunidad, que me prometí llegar a ser parte de un equipo profesional. Como jugador no me iban a dar los tiempos, así que decidí que llegaría a ser profesional como entrenador.

El primer equipo que agarré fue el de mi pueblo (abajo), 9 de Julio Olímpico de Freyre, trabajando con chicos muy jóvenes que se preparaban para intentar tener un mayor desarrollo en el futuro. Los mismos objetivos que tenía yo a su edad, así que fue una experiencia maravillosa poder revivir de nuevo esas sensaciones desde este lado.

Tengo que reconocer que también fueron años donde cometí muchos errores, pero dentro de lo incipiente que era mi carrera, siempre con mucha pasión y con mucha dedicación.

Fotografía cortesía de Frank Darío Kudelka

Si el comienzo fue alentador, lo que llegó después fue tremendamente duro. Choqué de frente contra el sistema. Una jerarquía en el fútbol argentino donde entonces casi sólo entrenaban los que habían sido futbolistas profesionales.

Las puertas se cerraban. Más que por parte de los directivos, por los propios ex jugadores. Utilizaban esa situación para no darme posibilidades o hablar cosas inapropiadas. Mentían sobre mí, sobre cómo me había formado.

Todo eso llevó a un momento donde no pude más. Se dio después del despido de Patronato en 2004, cuando el equipo iba segundo en la tabla. Volví a casa llorando. Ya no era un pibe, no. Era un padre de familia que en ese momento estaba viviendo una de sus peores experiencias desde el punto de vista humano.

Sentía que el pie de elefante, como yo llamó a esa situación, no me dejaba progresar en lo que siempre había sido mi sueño. Llegué a pensar en dejarlo. Cambiar de camino. Pero entonces me dije: “Si dejo que ponga todas sus fuerzas en mí, me aplastará. Y no voy a desarrollarme en lo que quiero, ser director técnico de fútbol”.

Simbólicamente empecé a transportar toda esa fuerza hacia mi interior. Transformarla en algo positivo para revelarme contra lo que parecía imposible de vencer. Y me sirvió. Para el futuro e inclusive a día de hoy lo sigo aprovechando, viendo que con esfuerzo y convencimiento las cosas se logran.

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Con esa nueva energía llegó Libertad de Sunchales, a finales de 2005. Un club tradicionalmente más conocido por el básquet, me llamó para que agarrara el equipo, que estaba en el Argentino B, igual que Patronato. Me tenían visto de ahí. Me llamaron varias veces, pero yo les dije que no.

Mi familia me decía: “¿Por qué no vas a escucharlos? Si es gente que insiste tanto, a lo mejor sale bien”. Les hice caso, fui hasta allá y les pedí como si yo fuera Marcelo Bielsa. Y a todo me dijeron que sí. Pero cuando tenía que arrancar, otra vez me vinieron las dudas. Por suerte, ahí estaba mi familia para convencerme de lo contrario.

El club, por si acaso, tomó sus precauciones. Me subieron al micro y me siguieron con el auto, porque tenían miedo de que me bajara a los dos kilómetros.

Libertad fue una estrella que pasó por el camino. Salvamos la categoría el primer año y ascendimos al Argentino A el siguiente.

“Las puertas se cerraban. Más que por parte de los directivos, por los propios ex jugadores”

Después la historia corrió muy rápido. El ascenso con Boca Unidos al Nacional B y la firma con Unión de Santa Fe. La situación había cambiado. Ya no se miraba tanto mi pasado como jugador, como sí mi desarrollo como entrenador.

Y llegó Talleres (abajo).

Desde el primer instante fue algo especial. Diferente a todo. Lo empecé a palpitar aquella tarde en la que atendí el teléfono y escuché al presidente, Andrés Fassi, comunicarme que querían sumarme al proyecto.

“¿Vienen para acá o voy para allá?”, le dije. Yo estaba en Buenos Aires y pensaba viajar a Córdoba.

“No, tenemos que ir a Miami. Te mandamos los pasajes”, respondió Fassi.

Llegué a un club donde la gente estaba irritada, cansada de ver proyectos que no habían funcionado. Pero dentro del grupo había una fuerza y una energía positiva, emanada por los jugadores, el presidente y por la propia institución.

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En cuanto al aspecto emocional y psicológico, en Talleres no había otro objetivo que no fuera ascender, otra cosa no servía. Pero también había que manejar otras cuestiones, aspectos externos que acaban influyendo en el rendimiento de todo.

Al asumir el cargo, me informé y tuve que hacer un gran trabajo con psicólogos. Mentalizarme yo mismo para que no fuese un choque cuando a la tercera fecha fuéramos a jugar a un estadio donde no entrásemos todos en el vestuario.

Así, en la semana previa a cada partido, por intermedio de conocidos de la zona, averiguaba bien cómo eran los vestuarios y el estadio en general. Y armaba una logística.

Lo tomábamos como un reto. Decíamos: “Hay que pasar estos obstáculos para ser los mejores, hay que jugar ahí y bancársela”. Porque si no lo hablas antes y de golpe te encuentras con cosas así, es realmente un shock. No es fácil saltar dos categorías en un año y medio y con la mochila tan pesada por los años de frustraciones que arrastraba el club, pero tampoco me sorprende haberlo logrado, porque estábamos convencidos de hacerlo.

Y tan convencido como estaba de lograr los objetivos con Talleres, también lo estuve de tomar otro camino.

Te soy sincero: no me gusta permanecer en la zona de confort. Y ahí me propusieron salir al exterior.

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Ya había tenido posibilidades de hacerlo en años anteriores, pero nunca terminé de agarrarme a esa opción. Me habían llamado de Uruguay, Chile, Ecuador, México, Colombia y también de Europa. El Ludogorets de Bulgaria. Llegué incluso a reunirme con el presidente.

Realmente fue una decisión muy difícil decir que no, porque me hubiera gustado tener esa introducción europea, en un club maravilloso, tal vez en un fútbol de menor envergadura que otras competencias del continente, pero era una puerta abierta para dirigir en Europa.

“Te soy sincero: soy un entrenador que no me gusta permanecer en la zona de confort”

Finalmente fue Universidad de Chile (arriba). Una experiencia tan buena como traumática en unos aspectos personales. No míos, sino de cómo se manejaba el club. Yo soy una persona que me introduzco mucho en el conocimiento del club antes de tomar una decisión. Quiero conocer cómo es la situación, qué valores tiene o cómo es su idiosincrasia.

Pero, como todas las cosas, hasta que uno no está dentro de la casa, no sabe cómo es por dentro.

Y bueno, ahí me involucré en un montón de situaciones. En lo deportivo, hicimos un periplo importantísimo en sumatoria de puntos en la segunda rueda del torneo de 2018. No jugando de la manera que a mí me gusta, lo debo reconocer, pero la verdad con muy buena puntuación, hasta pelear el campeonato en las últimas fechas. No fue una experiencia como yo esperaba, pero me sirvió para aprendizajes futuros.

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Y acá volvemos a Newell’s. Una institución muy grande que, como Talleres en su día, atravesaba por una mala situación deportiva. Pero llena de gloria, de enormes técnicos y ex-jugadores y con campeonatos ganados en el fútbol argentino.

Antes de firmar, me fui a la ciudad. La recorrí varias veces, interiorizando el sentimiento de la gente con el equipo. Aproveché también para reunirme con algunas personas del club. Como siempre hago, quería saber mucho más del equipo por dentro, si había opción para hacer un verdadero proyecto. Yo soy una persona de proyectos, no soy de esa especie de técnicos que van de un lado para el otro.

“Me gusta el juego de posesión, no tanto de contragolpear. Marcado por referentes como Marcelo Bielsa, Pep Guardiola, César Luis Menotti…”

A mí me interesa estar bastante tiempo en las instituciones. Por supuesto que hay que estar acompañado por resultados, pero yo creo que uno tiene la posibilidad de ser docente y dejar una idea. En lo organizativo, lo estructural, las infraestructuras, los objetivos a lograr… En el fútbol argentino no todas las instituciones están regidas y dirigidas por gente idónea. Muchos no son personas dedicadas a tiempo completo, administran las instituciones pasionalmente. Entonces creo que es una manera de ayudar también.

Y bueno, encontré mi igual al otro lado. Querían lo mismo para Newell’s que yo.

Fotografía cortesía de Frank Darío Kudelka

En este tiempo creo que hemos ido consiguiendo los objetivos con el fútbol que me a mí me gusta. El juego de posesión, no tanto de contragolpear.

Marcado en este sentido por referentes como Marcelo Bielsa, Pep Guardiola, César Luis Menotti (arriba a la derecha)… Entrenadores que trabajan sobre la mejora del jugador desde el punto de vista individual, técnico-táctico y físicamente.

Yo siempre tengo un concepto que le digo al plantel.

“El futuro está en el arco de en frente”.

Si lo sienten y lo quieren, no habrá pie de elefante capaz de aplastarlos.

Frank Kudelka

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