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Gustavo Alfaro

Seleccionador de Ecuador, 2020-Presente

Un día, hablando con el profe Carlos Bilardo, me dijo: “Mira, ninguna fotocopia por perfecta que sea va a ser igual que el original. Por eso cada uno es como es y busca su propio camino”.

El mío empezó cuando tenía 28 años, después de dejar la carrera de Ingeniera Química a falta de diez materias para el título. La decisión fue muy difícil de entender por mis padres. Años antes había llegado a un acuerdo con ellos para pausar mis estudios y dedicarme al fútbol por completo. Fue cuando llegamos con Atlético de Rafaela, en Rafaela, provincia de Santa Fe, al Nacional B (abajo).

En una categoría así ya tienes que entrenar todos los días, sin tiempo para enfocarte en los estudios u otros asuntos.

“Déjenme hacer esto que es lo que soñé toda mi vida. Porque ingeniero puedo ser a los 40, pero futbolista no”, les dije. Y ellos aceptaron.

“Siempre digo a mis jugadores –también a mis hijas- el valor de perseguir los sueños”

Entonces jugué tres años y medio, y después me retiré. Ya me había sacado el gusto por jugar. Pero al volver a la Ingeniería no cumplí con mi parte del trato con mis padres: terminar la carrera.

Ahí sentí que la pasión por la Ingeniería se había muerto, y había nacido mi verdadera pasión, que era la que tenía de chico cuando soñaba con los domingos del fútbol de primera división. Como no lo había alcanzado como jugador, sí quería hacerlo como entrenador de un equipo de Primera.

Llevó pasar diez años en segunda división para poder hacer realidad la ilusión de poder disfrutar el privilegio de estar en Primera, pero llegó. Por eso digo siempre a mis jugadores –también a mis hijas- el valor de perseguir los sueños.

Lamentablemente mis padres ya no estaban con vida para poder haberlo visto hecho realidad.

Fotografía cortesía de Gustavo Alfaro

En Argentina siempre me han tocado equipos en situaciones de crisis, pero creo que el tema está en cómo resolverlas y de qué manera uno puede poner de pie a un equipo. Cuando venían los dirigentes les decía: “Si ustedes han venido a contratarme para salvarlos del descenso, no me contraten. Yo quiero pelear un campeonato, copas internacionales”.

Eso me ha llevado a encontrarme con soñadores como yo. O diría incluso mucho mayores. Me acuerdo cuando llegué a Arsenal en 2006, estaban últimos en el descenso.

“En Argentina siempre me han tocado equipos en situaciones de crisis, pero creo que el tema está en cómo resolver las crisis”

Me reuní con “Julito” Grondona, el presidente del club. Ahí le reiteré que venía para ser campeón. Y él, al poco de la charla, lanzó un: “Yo quiero ir a Japón”. Entonces me dije a mí mismo: “este está más loco que yo”. Pero bueno, la cuestión es que Arsenal terminó yendo a Japón (final de la Copa Japonesa-Sudamericana) después de ganar la Copa Sudamericana en 2007.

Siempre digo que el recorrido de un entrenador es como una botella. Si superas los objetivos, como ocurrió con Arsenal, subes hasta llegar a Boca Juniors, al cuello de la botella. Un momento decisivo, porque si consigues superar ese cuello de botella, es como que se abre un mundo entero de posibilidades.

Por eso, después de dirigir a Boca, sentí que lo que tenía que hacer en Argentina estaba cumplido.

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Eso sí, la siguiente decisión no es nada fácil. Y menos cuando tienes que tomarla en medio de una pandemia.

En ese tiempo de espera y de evaluar diferentes opciones, llegó la oportunidad de Ecuador. Dirigir una selección, un reto que siempre me había hecho cuestionarme mi capacidad como entrenador.

“Después de dirigir a Boca Juniors, sentí que lo que tenía que hacer en Argentina estaba cumplido”

Yo he estado en cuatro Mundiales seguidos, desde Alemania 2006 a Rusia 2018, trabajando para una televisión de Colombia. Antes de cada partido, miraba abajo desde la posición de la cabina de televisión y me fijaba en los seleccionadores.

No con envidia, porque ese es un sentimiento de confrontación, pero sí con deseo de algún día poder estar yo ahí. Ser parte de ese lugar. Protagonista, si se quiere secundario, porque el protagonista primario siempre va a ser el jugador, pero sí involucrado en la toma de decisiones.

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Pero pasado ese impacto, y es aquí cuando hablo de cuestionarme mi capacidad como entrenador, siempre me hacía las mismas preguntas: “¿Por qué yo no estoy ahí? ¿Qué me falta para dirigir en un Mundial?”

Pero la respuesta no pasaba por una sola cuestión, sino varias.

La primera es la gestión de un grupo de ese perfil. En una selección nacional están las mejores figuras de un país. Más allá de la jerarquía o los lugares y competiciones donde puedan estar jugando los futbolistas. Así que, como entrenador de una selección, es como que tienes el libro de pase abierto.

“Una selección era un reto que siempre me había hecho cuestionarme mi capacidad como entrenador”

No hay un equipo que empieza y termina como en un club. En una selección tienes la opción de elegir a los jugadores que consideres oportunos en cada convocatoria, pero obviamente siempre teniendo en cuenta que también están los que mejor trayectoria han tenido y los que han conquistado cosas. Entonces, para trabajar con ese perfil de jugadores creo que uno tiene que estar acostumbrado a ese tipo de escenario.

También manejar la parte de exposición a los medios, que es muy grande. Porque uno sabe que después del presidente de la nación, el seleccionador es una de las personas más escuchadas. Eso no quiere decir que tenga razón o que lo que uno diga sea consistente, pero lo que uno diga tiene una repercusión mucho más grande que si la dice desde otro lugar.

A mí el hecho de haber dirigido a Boca Juniors el año anterior, en 2019, me dio la posibilidad de tener un escenario muy cercano a todo esto, porque dirigir a Boca es como dirigir una selección. Nada más que todos los días.

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La segunda era cambiar el chip. El trabajo de un equipo es más paulatino y si, de pronto, uno tiene que cuidar a un jugador para que llegue bien el fin de semana, lo va cuidando durante la semana. Pero en una selección no. El jugador llega como llega y en relación a eso tienes que adaptarlo y adaptarte tú. Y más las eliminatorias de Sudamérica, muy agresivas en ese aspecto porque es muy disímil: los escenarios, las distancias, las geografías, los climas…

Los tiempos son perentorios y no hay margen, muchas veces se trabaja sobre la marcha. No tardé en darme cuenta de ello. Ante Bolivia, yo tenía un equipo y resulta que cuando llegó el día del partido tenía seis jugadores diferentes en el once a los que yo había analizado en la preparación. Entonces eso habla de la capacidad que debe tener un seleccionador. No sé si es improvisación la palabra acertada, pero sí es adaptación rápida a los problemas que se presentan.

“Uno sabe que después del presidente de la nación, el seleccionador es una de las personas más escuchadas, pero eso no quiere decir que tenga razón o que lo que uno diga sea consistente”

Por supuesto que echo de menos el día a día. Yo digo siempre que el jugador no reacciona ante la realidad, sino a la representación de la realidad que le propones. Como entrenador tu pones el norte donde quieres, y después se trata de convencer al jugador para que se haga dueño de esa idea. Si consigues eso, el futbolista ya no la discutirá con nadie. Ni con los dirigentes, ni con la afición, ni con la prensa.

Es un choque muy fuerte al principio, pero es una aceptación de que después también hay muchos tiempos que uno valora y que en el día a día antes no lo tenía. Uno pude ser más reflexivo, tener mucho mayor poder de observación, puede estar mucho más en los detalles.

A veces, en el día a día cuando tenemos competiciones internacionales y tenemos competiciones locales estamos jugando cada dos o tres días y tenemos que estar tomando decisiones permanentemente. Eso hace que algunas veces los detalles se nos pueden escapar. Aquí hay mucho más tiempo para entrar en los detalles y eso es lo que tiene a favor el hecho de ser un seleccionador y no un entrenador.

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Y después está, con letras mayúsculas, todo lo que representa ponerse al frente de una selección. Porque cuando uno llega a un país le dicen: “Le transferimos la ilusión de un país”.

Pero con la transferencia de la ilusión de un país, con todo lo que moviliza el fútbol, te están transfiriendo no solo una ilusión, sino también una responsabilidad enorme. Uno solo no puede lograr las cosas, menos en un trabajo en equipo y menos en el fútbol. Como entrenadores sabemos que muchas veces cuando tenemos la suerte de tener éxito se lo debemos al esfuerzo de un montón de gente.

Eso sí, cuando el éxito no llega o no se presenta, tienes que asumir que el único responsable en ese tipo de situaciones eres tú: el entrenador. Y más en una connotación tan grande como significa dirigir los destinos de una selección donde el fútbol genera pasiones tan profundas que se representan de distinta manera.

“Mi misión en los Mundiales, más allá de comentar partidos y circunstancias del torneo, era observar las decisiones y resoluciones de los entrenadores”

Eso te obliga a tener un equilibrio emocional para no caer en ciertos juegos -en algún punto perverso- de la prensa, que tienden trampas que tratan de generar a veces en esa controversia en la que no tenemos que entrar. En esa especie de montaña rusa que es dirigir un equipo importante, y para dirigir un equipo importante uno debe tener la distancia del equilibrio para poder sostenerse y no dejarse avasallar por este tipo de circunstancias.

A todas estas cuestiones que voy completando, he sumado algo que sí conseguí en mi paso acompañando los Mundiales: fortalecer mi posición como entrenador. A veces estás muy imbuido del día a día y lo único que ves es la realidad que está alrededor de uno. En ocasiones, tomar distancia otorga otro tipo de perspectiva.

Desde el Mundial de Alemania 2006 tuve la posibilidad de compartir con otros entrenadores que trabajaban en los IBC de prensa -el espacio compartido por los diferentes medios de comunicación de todo el mundo- para distintas compañías, y ahí es donde uno se pone a hablar de fútbol, empieza a analizar, expone sus ideas… Analizar la función que uno cumple, pero que está cumpliendo en cierto punto otro, desde otro lugar.

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Entonces, mi misión en los Mundiales, más allá de comentar partidos y circunstancias del torneo, era observar las decisiones y resoluciones de los entrenadores. Ponerme en su cabeza para ver por qué planteaban en un partido, por qué tomaban determinadas decisiones, la relación con los jugadores…

Porque una cosa es ser entrenador de un equipo donde uno tiene la continuidad para trabajar con un plantel y otra distinta es ser un seleccionador. Eso me daba una perspectiva mucho más acabada de lo que podía ser el rol de seleccionador. Un poco eso fue lo que traté de aprovechar en todo este tiempo.

Siempre fue un ejercicio para eventualmente estar preparado para este nuevo escenario. Una etapa más, como diría el profe Bilardo, de este camino que recorro desde los 28 años.

Y con un nuevo sueño en el horizonte: Qatar 2022. Mi primer Mundial como seleccionador.

Gustavo Alfaro

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