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Domènec Torrent

Flamengo, 2020

Me llegaron dos ofertas de clubes casi al mismo tiempo.

Fue en la temporada del récord de los cien puntos del Manchester City en Premier League, la 2017-2018.

Desde la Primera División de España y del Golfo Pérsico.

Pero les dije que no. Por diferentes cuestiones, creía que ese no era el momento.

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A partir de ese momento Pep Guardiola y yo nos emplazamos para comenzar a preparar la pretemporada que se hacía en Estados Unidos. Pocos días antes de viajar con el equipo, me llamó para decirme que Patrick Vieira dejaba el New York City. Se iba al Niza y el club estaba buscando entrenador.

“Si te apetece es otra posibilidad. Estarás muy bien en la ciudad. (Pep había pasado un año allá). Es perfecta para vivir. Piénsatelo”.

Había valorado las ofertas anteriores y estaba tremendamente orgulloso de que quisieran contar conmigo, pero en este caso era en Nueva York. Sin lugar a dudas, una opción muy tentadora.

Eso me hizo pensar. Empecé a ver entonces algunos partidos del equipo para analizar en profundidad el nivel que tenía para la MLS. Y vi que tenían jugadores técnicamente bien cualificados, que podían jugar dentro de mis características. Un juego posicional, combinativo, con la intención de superar al rival a través del dominio de balón.

“Trabajar al lado de Pep es impagable a todos los niveles”

Pocos días después hablamos de nuevo sobre el asunto. “Si encuentro un cuerpo técnico, no te diría que no”, le dije a Pep. Sorprendentemente en tan solo tres días lo encontré. Todos venían del Barcelona, y algunos de ellos habían trabajado con él.

La decisión estaba encaminada, pero me faltaba dar el último paso. Eso fue lo más difícil. No porque temiera perder la posición de privilegio y tranquilidad que te da estar al lado de un entrenador como Guardiola.

Era algo profesional y personal. Porque trabajar al lado de Pep es impagable a todos los niveles.

Después de reflexionar y darle muchas vueltas, llegué a una conclusión que me ayudó a verlo todo más claro. Él ya no me necesitaba. Es más, realmente nunca me había necesitado. Yo solo le había ayudado en su tarea.

Me fui tranquilo de llevarme su amistad y sus conocimientos conmigo. De tener un contacto permanente con un amigo para toda la vida.

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Esto no se lo he contado a casi nadie. No sé si incluso a él, no lo recuerdo, pero la primera vez que hablé con Pep me sentí intimidado.

¡Estaba ante uno de mis ídolos!

Yo lo admiraba como jugador. Soy aficionado del Barcelona de toda la vida, y aún socio. Fui a ver la final en Wembley en 1992, cuando el club ganó, por fin, la primera Copa de Europa (abajo). Era un enamorado ya del juego de Pep porque él había seguido a Johan Cruyff. Siempre se lo he dicho a todo el mundo: yo me hago entrenador por Johan.

Nos cruzamos en los pasillos de la Ciudad Deportiva. Pep había llegado para entrenar al Barcelona B, en el verano de 2007, y yo llevaba apenas un par de meses en el club, encargado de realizar el seguimiento de jugadores jóvenes entre 17 a 20 años de otros equipos.

“Hola, soy Pep Guardiola”, me dijo. “Estamos en Tercera y he pensado que tú, como conoces la competición –yo había sido campeón el año anterior con el Girona-, podrías ayudarnos”. Por mi parte, por supuesto, encantando. Pero le señalé que tenía que hablar con la gente del Barcelona para saber si podría llevar a cabo esa colaboración.

“No te preocupes. Hablaré con Alexanco (Director del fútbol base) y nos ponemos de acuerdo. No hay problema en eso”.

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Desde entonces pasé a tener dos tareas. De lunes a viernes con Pep para analizar el próximo rival, sus jugadores y cualquier cosa que él me demandaba. Y ya el viernes, cuando había hecho la primera charla y la sesión de vídeo, agarraba mi maleta y me iba por España a seguir a diferentes jugadores. También a Francia, en la zona de Toulouse, sobre todo. Como estaba cerca de Girona, algunos fines de semana viajaba allí para ver a jóvenes jugadores franceses.

Costó que el equipo arrancara ese año. Las condiciones en Tercera eran diferentes, especialmente los campos. De dimensiones más reducidas y superficies que cambian el bote del balón.

Pero como Pep es un tío muy inteligente, se acopló rápidamente. Tuvo mucha ayuda de Tito Vilanova.

“La primera vez que hablé con Pep me sentí intimidado. ¡Estaba ante uno de mis ídolos!”

Tito venía de ser secretario técnico del Terrassa en Segunda B y conocía un montón de jugadores porque era su trabajo. Con todo este trabajo, el equipo realizó una espectacular segunda vuelta en la que se logró el ascenso, con el fútbol que Pep quería y la proyección de jugadores como Pedro, Sergio Busquets o Víctor Vázquez.

Luego llegó un comienzo de verano en 2008 cuanto menos ajetreado en el club. La moción de censura en la presidencia, las elecciones y las noticias de si José Mourinho venía o no venía al banquillo del Barcelona. Finalmente se mantuvo Joan Laporta como presidente y Pep fue entrenador del primer equipo.

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Unos días después, me dijo que fuera al estadio, que me esperaba en el vestuario del primer equipo. Yo no sabía dónde estaba. No había estado nunca ahí. Así que tuve que volver a llamarlo para que me indicara. Finalmente llegué hasta él gracias a la ayuda de un miembro de seguridad del club.

Tampoco tenía idea de para qué me había convocado.

Abrí la puerta y ahí estaban Laporta, Txiki Begiristain (Director Deportivo) y Pep.

Laporta, que es una persona muy extrovertida y de un trato muy afable, me preguntó:

“A ver, ¿cuánto quieres cobrar?”.

Yo fui totalmente sincero en mi respuesta: “Presidente, no sé ni qué se cobra. Yo estoy encantado de estar aquí y lo que me digáis”. Y empezamos así a trabajar en Primera División, en mi función de analista en el mismo cuerpo técnico que Pep tuvo en Tercera.

Nos subió a todos con él.

Curiosamente, como ocurrió en el Barça B, los comienzos fueron complicados. Un punto en los dos primeros partidos después de perder ante el Numancia y un empate en casa ante el Racing de Santander. Pero, sin restarle ningún mérito a estos equipos, habían sido resultados engañosos. Porque el equipo había jugado bien, creando muchas ocasiones de peligro, pero sin fortuna en los momentos decisivos.

Johan Cruyff, que tenía en gran estima a Pep, quiso echar una mano en una columna que escribía en un periódico de Barcelona (El Periódico, el 15 de septiembre de 2008). Dijo que nadie se tenía que preocupar por los resultados. “Este Barça pinta muy, muy bien”, recuerdo que se titulaba su artículo de opinión.

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Claro, eso estaba muy bien, y ayudaba, pero de puertas adentro Pep estaba preocupado porque íbamos al campo del Sporting. “Si perdemos, tal vez vayamos últimos por primera vez en la historia del Barcelona”, decía.

La autopresión que se metía era enorme. Pero los jugadores estaban muy convencidos de que eso cambiaría. Incluso me acuerdo que hablaron con él para que estuviera tranquilo. Pep y el equipo eran todos uno.

Y así fue. Fuimos a Gijón y ganamos 1-6. Desde aquel día, el equipo se fue arriba, hasta conseguir algo inimaginable. ¡El ‘Sextete’! (Liga, Copa del Rey, Champions League, Mundial de Clubes, las dos Supercopas).

“Si esto sale mal vamos a perder la Liga y a él lo van a matar”, pensé cuando se le ocurrió cambiar la posición de Messi ante el Madrid”

Para llegar a esa cantidad de títulos en un mismo año son muchos los momentos importantes, pero hay uno que para mí es decisivo.

Fue el partido ante el Real Madrid en el Santiago Bernabéu. Ellos venían de una racha impresionante de 17 victorias en 18 partidos, y si nos ganaban, La Liga se apretaba a una diferencia de solo un punto a nuestro favor. Y todos conocemos cómo es el Madrid en esas situaciones.

Habíamos estado jugando fabulosamente bien, con resultados increíbles, pero ese día lo podía marcar todo.

En mi trabajo de analista, junto con Carles Planchart, a mí me tocaban siempre los partidos del Real Madrid. Me acuerdo que el día antes de marcharnos a Madrid estuvimos hasta las diez de la noche en las oficinas de la Ciudad Deportiva.

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Yo durante la semana miraba partidos, para presentar después un análisis del rival sobre su modelo defensivo, ofensivo, jugadas de estrategia, los movimientos por líneas…. Ese día Pep llegó a la oficina de los analistas y me dijo. “Sácame imágenes de los centrales del Madrid. Quiero ver lo que hacen”.

Y ahí me anticipa que quiere hablar con Messi y de su idea de que juegue como delantero centro. “Le quiero convencer de esto”.

Yo no me lo podía creer. El partido más importante en la historia de Pep, en el Santiago Bernabéu, iba a poner al máximo goleador, Samuel Eto’o, en una banda y a Leo, por primera vez, de delantero. “Si esto sale mal vamos a perder la Liga y a él lo van a matar”, pensé.

Pero él estaba convencido de eso. Agarró mi ordenador y se fue a hablar con Leo.

“¿Qué?, ¿cómo ha ido?”, le pregunté cuando volvió.

“Perfecto. Le encanta. Me dice que lo haremos así.” Lo que pasó después ya lo conocéis todo. El 2-6 en un partido histórico que nos lanzó para el final de temporada.

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Siempre digo que Pep es un valiente. Un valiente controlado, en el sentido de que lo tiene muy claro. Y un entrenador, curiosamente, que se muestra más tranquilo que nunca en los grandes momentos.

Después de ganar la Liga y la Copa del Rey, cerramos la temporada con la final de Champions League en Roma ante el Manchester United. El mejor Manchester de Sir Alex Ferguson en muchos años. Wayne Rooney, Cristiano Ronaldo, Ryan Giggs, Dimitar Berbatov, Carlos Tévez, Paul Scholes… ¡Un equipazo!

Y nosotros íbamos con muchas bajas, jugadores que ocupaban posiciones no naturales y otros muy mermados físicamente. Yaya Touré de central con Gerard Piqué al lado, un chico de 21 años. Por delante ‘Busi’ (Sergio Busquets), con 20. Sylvinho, que apenas había jugado en las eliminatorias anteriores, de lateral izquierdo. Carles Puyol de lateral derecho. Por delante, Andrés Iniesta que jugaba solo con una pierna porque con la otra no podía chutar –tenía problemas musculares- y Thierry Henry, que venía de una lesión.

“Fue una lástima que Pep decidiera poner fin a su etapa en el Barça, creo que el equipo tenía margen para ganar más cosas”

Pero teníamos el mejor del mundo, Messi, una moral de hierro y a un entrenador que todo el mundo seguía. Y, sobre todo, estábamos convencidos de ganar. El primero, Pep. Cuanta más dificultad, más claro lo ve todo.

Era una cosa impresionante. Como lo fue todo el tiempo que pasamos en el Barcelona. Para mí fue una lástima que eso se terminara, porque yo personalmente creo que el equipo tenía más margen para ganar cosas. Pero él en su cabeza tenía otra sensación.

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Después del partido del Chelsea que nos eliminó en semifinales de la Champions League de 2012, nos reunió al staff más cercano para comunicarnos que se terminaba esa etapa. Le dijimos que se lo pensara, pero cuando Pep toma decisiones así no es de golpe. Lo tenía bien meditado.

Yo tenía dos años más de contrato en el Barcelona, pero estaba dispuesto a dejarlo por respeto a él.

Fue Pep quien me había llevado hasta ahí y yo sentía que no podía seguir. Lo hablé con él y mi familia, y me convencieron de lo contrario. Seguí con Tito. Pero en mi interior tenía la sensación de que lo estaba traicionando. No me encontraba cómodo en esta situación.

Más tarde, Pep, que estaba viviendo en Nueva York, me dijo que iba a pasar unos días por Barcelona y quería hablar conmigo en su casa. Es ahí donde me avanza que va a agarrar un equipo y que quiere que me vaya con él.

Yo le dije que sí, encantado y pensando que iría otra vez de analista.

Seguimos hablando y al poco me dijo que sería como segundo. Imagínate cuando escuché eso.

“Pero no me has preguntado dónde vamos”.

“A la Premier League, ¿no?”, le señalé.

“No. Vamos a Alemania, al Bayern de Múnich”.

Llegamos a un Bayern que venía de ganar el ‘triplete’ –Liga, Copa Alemana y Champions League- con Jupp Heynckes la temporada anterior. Puedes pensar que es complejo manejar un grupo de jugadores que ha llegado tan alto. Pero desde el primer día fue todo lo contrario. Los jugadores estaban totalmente predispuestos. Y eso fue muy bueno por su parte.

La disposición que tenían de cambiar cosas, porque Pep cambió cosas.

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Obviamente también cambió mi situación pasando de ser analista a segundo entrenador. Hay muchas clases de segundos, pero creo que la mejor manera de ayudar al primero es estar más tranquilo que él. Estar en segundo plano. Siempre. Atento a todo lo que pase.

Pep me encomendó exclusivamente las acciones a balón parado, diseñar la estrategia ofensiva y defensiva a balón parado. También hablábamos mucho tácticamente antes de cada partido.

“Quiero jugar así, ¿cómo lo ves?”, me preguntaba.

“Hay muchas clases de segundos entrenadores, pero creo que la mejor manera de ayudar al primero es estar más tranquilo que él”

Yo daba mi opinión. Luego, evidentemente, todas las decisiones al final eran suyas. Pero yo creo que como segundo debes decirle tu verdad. Si lo ves claro o no. También estaba muy pendiente de los jugadores. Muchas veces había futbolistas que, por sus caras, notabas que no tenían clara una idea que les habíamos intentado transmitir. Entonces iba a él y tratamos de solucionarlo.

Al final, se trata de gestionar pequeños detalles que ahorren el desgaste del primer entrenador en el día a día.

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Estábamos muy a gusto en Múnich, en el equipo y en la ciudad, pero Pep, como en el Barcelona, tomó la decisión de cambiar después de tres temporadas. Una vez más vez fue una decisión muy meditada. Siempre es así.

Sabíamos que el próximo paso sería la Premier League, pero no donde. Esa noticia la guardó muy bien hasta el último día.

Había podido irse a cualquier club de Inglaterra, pero al final se decidió por el Manchester City creo que por muchas cosas. Entre ellas porque tenía gente conocida adentro. Ferran Soriano (Director Ejecutivo) y Txiki Begiristain (Director Deportivo), quienes habían estado en el Barcelona con él.

Era también un proyecto diferente. El equipo había ganado la Premier League con Roberto Mancini y Manuel Pellegrini, pero se buscaba sentar las bases de una mentalidad ganadora a largo plazo. Como ya la tenía el Bayern de Múnich o el Barcelona. Eso de salir a cualquier partido con la seguridad de que, pase lo pase, vas a ganar. Es lo que está creando el City, que el equipo se vaya impregnando de eso.

Qué ganar sea la normalidad.

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El arranque de la primera temporada fue espectacular, con diez victorias seguidas. Pero los proyectos necesitan tiempo para conseguir los objetivos que se quieren.

Logramos la clasificación para la Champions League, pero el título no se dio. Sin embargo, no hubo ningún reproche por parte de la dirección. Todo lo contrario. Txiqui y Ferran confiaban en ese proyecto. Y, por supuesto, el presidente, Khaldoon Al Mubarak. Tres personas claves.

La segunda temporada se ficharon a varios jugadores del perfil que se querían. Tampoco el club podía hacer un gasto brutal de cambiar a doce jugadores, pero sí se consiguieron firmar futbolistas más relacionados con la idea de juego de Pep.

Ya desde la segunda vuelta de la primera temporada el equipo venía jugando muy bien, pero en la segunda el rendimiento fue espectacular. Un ritmo imparable que nos llevó al título de Premier League. La verdad es que esa situación fue bastante curiosa.

“El gran momento de euforia llegó en la última jornada, con la victoria ante el Southampton en el último minuto”

Nosotros habíamos ganando el sábado el partido ante el Tottenham y el  Manchester United, segundo, jugaba el domingo ante el West Bromwich Albion. Si ellos perdían éramos campeones.

Estaba de paseo por Manchester cuando me llamaron al teléfono para decirme: “¡Ha perdido el United, somos campeones!”.

Ese fue un momento de gran alegría, por supuesto, pero el gran momento de euforia llegó en la última jornada, con la victoria ante el Southampton en el último minuto con el gol de Gabriel Jesus para llegar a los cien puntos en la Premier League. El primer equipo en alcanzar esa cifra de puntos en Inglaterra.

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Fue el mejor final posible. Un equipo campeón con cien puntos, pero -casi más importante- un equipo que sentía la idea de juego de Pep. Porque como dice él, no se trata de copiar y pegar. Para llevar a cabo esa idea tienes que sentirla.

Eso es lo que traté de hacer en el New York City.

Después de doce años en el cuerpo técnico de Pep, volvía a ser primer entrenador. Una trayectoria curiosa, de la Tercera División de España a la MLS. Pero el trabajo y las horas que le dedicas vienen a ser lo mismo en un lugar y otro.

La experiencia fue muy positiva.

Quedamos campeones de Conferencia, la primera vez en la historia del club. Pero por encima de los resultados, los medios destacaban nuestra manera de jugar.

Los jugadores estaban contentos. La afición también. Me hubiera quedado cinco años más, en una ciudad increíble para vivir y desarrollarse. Sin embargo, había cosas que no me cuadraban.

Y cuando uno sabe que no las podrá cambiar, es mejor tomar otra dirección. Era lo más correcto para las dos partes.

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Ahora esperaremos otra posibilidad. No tengo ninguna prisa en estos momentos y estoy abierto a proyectos interesantes que me convenzan deportivamente.

Un lugar donde los jugadores lleguen a sentir la idea. Como así lo viví en todos los años que estuve con Pep y después en el New York City.

Cuando eso ocurre, créeme, es una sensación insuperable.

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