Felipe Salinas
Santiago Wanderers sub-20, 2025-Presente
Ha sido una de esas grandes historias que pocas veces se ven en el fútbol: David, que éramos nosotros, Santiago Wanderers, compitiendo contra los Goliats del fútbol sudamericano y europeo.
Hablo de Palmeiras y Flamengo, a los que tuvimos que superar para conquistar la Copa Libertadores sub-20, y del Real Madrid, al que nos enfrentamos en la final de la Copa Intercontinental de la categoría. Nada más y nada menos que en un escenario como el Santiago Bernabéu.
Cuando llegué a Santiago Wanderers, a mediados de 2025, venía de una experiencia como ayudante técnico en primera división. Me atraía mucho el desafío de dirigir a jovencitos que soñaban con convertirse en futbolistas profesionales, en un club cuya identidad siempre ha estado marcada por la lucha, el carácter y la intensidad. Me identificaba con esos valores, pero también sabía que debíamos encontrar un equilibrio entre esa esencia y una mayor profesionalización del trabajo, incorporando ideas de juego que nos permitieran crecer.

Lo mejor fue lo que ocurrió el primer día. Entré en el vestuario y me encontré con un grupo de muchachos con mucha hambre, carácter y espíritu competitivo. Durante las primeras semanas me dediqué a observar, a conocerlos y a entender cómo podía implementar mi idea futbolística. Nos tocó competir de inmediato y el equipo respondió bien. Poco a poco fuimos introduciendo pequeños detalles en su juego y, con el tiempo, muchos de ellos comenzaron a firmar sus primeros contratos profesionales.
Aquello también generó una mayor credibilidad en nuestro trabajo.
En 2025, disputamos dos finales en los torneos nacionales de Chile y conseguimos la clasificación para la Copa Libertadores sub-20. Fue una gran temporada, en la que también terminamos primeros en la fase regular y competimos contra equipos importantes durante la liguilla. A lo largo de ese recorrido fuimos ajustando conceptos, potenciando a los jugadores y convirtiéndonos en un equipo cada vez más sólido.
"Nuestra fortaleza mental resultó determinante. Por momentos parecía que éramos un equipo acostumbrado a competir internacionalmente"
Con esa base, comenzamos a preparar el siguiente gran desafío: la Copa Libertadores sub-20 de 2026. Y la preparación fue dura, realmente dura. Trabajamos durante dos o tres meses, con una pretemporada de dobles turnos, charlas psicológicas y nutricionales, y un análisis individual de los rivales.
El mensaje era el mismo que habíamos transmitido desde el principio: “Tenemos que ser un equipo compacto, intenso, presionar alto, atacar los espacios y dejarlo todo en la cancha”.
“¿Lo tenemos claro?”, les pregunté a los muchachos después de transmitirles esas ideas. Y, por supuesto, lo tenían claro. Eran conscientes del reto que tenían por delante: enfrentarse a los gigantes de Sudamérica. Se mostraron muy comprometidos y entendieron que aquella podía ser una oportunidad única en sus carreras.

Sin embargo, también había una gran incertidumbre. Era algo nuevo para todos, casi como lanzarse en paracaídas, porque nunca antes habíamos competido a ese nivel. Aun así, internamente teníamos mucha confianza en el trabajo que veníamos realizando.
Viajamos a Quito, con escala en Panamá, y coincidimos en el avión con Nacional de Uruguay, nuestro primer rival en la Copa Libertadores. Fue una situación curiosa, porque nos mirábamos de reojo, intentando conocernos un poco en aquel cruce casual en el aeropuerto.
Por suerte, nos tocó competir en el último grupo, lo que nos permitió disponer de algunos días para adaptarnos a los 2.800 metros de altura y al clima lluvioso de Quito.
"Lo mejor fue lo que ocurrió el primer día. Entré en el vestuario y me encontré con un grupo de muchachos con mucha hambre, carácter y espíritu competitivo"
Planificamos muy bien ese periodo de adaptación, con sesiones de alta intensidad al principio y una reducción progresiva de las cargas antes del debut. Sabíamos que Nacional sería un rival durísimo, muy competitivo, fuerte en el juego aéreo y con muchas ganas de imponerse. Teníamos que mantener la concentración y, sobre todo, evitar las expulsiones. Fue uno de los aspectos en los que más insistimos a lo largo de toda la competición, y terminamos el torneo sin ningún jugador expulsado.
El estreno confirmó muchas de las sensaciones que traíamos desde Chile. Ganamos a Nacional por 2-0 y, más allá del resultado, el equipo demostró carácter, personalidad y capacidad para competir. Fue una primera prueba que nos permitió comprobar que no estábamos tan lejos de nuestros rivales como algunos podían pensar.

Con esa confianza afrontamos el segundo encuentro, ante Belgrano, que había sido campeón argentino durante dos años consecutivos, dejando por el camino a equipos como Boca Juniors y River Plate.
Fue un partido muy parejo, de esos que se van destrabando con el paso de los minutos. Creo que nuestra fortaleza mental resultó determinante. Por momentos parecía que éramos un equipo acostumbrado a competir internacionalmente, pese a que estábamos viviendo nuestra primera experiencia. Conseguimos otra victoria por 2-0 y aseguramos el primer puesto del grupo.
Aquella clasificación anticipada fue muy importante, especialmente por las exigencias del calendario. Jugábamos cada dos días y el desgaste era enorme. La recuperación, la nutrición y la preparación física adquirieron un papel fundamental para que los futbolistas llegaran en las mejores condiciones posibles a cada encuentro.
"La capacidad para no bajar los brazos estaba estrechamente ligada a la formación y a las experiencias que estos muchachos habían vivido"
Por eso, ante Liga de Quito, en el último partido de la fase de grupos, decidimos alinear un equipo alternativo. Además, les había prometido a los muchachos que todos disputarían, al menos, un minuto en la Libertadores. Era un compromiso que había asumido con ellos y que quería cumplir.
El encuentro, sin embargo, se complicó mucho más de lo esperado. Durante el primer tiempo recibimos varios goles en pocos minutos y nos vimos obligados a reaccionar. En el descanso hicimos ajustes, introdujimos cambios y el equipo mostró otra cara. Lo más importante fue que nunca dejó de luchar ni de creer en lo que veníamos trabajando.
Esa insistencia tuvo su recompensa en la última jugada. Después de un ataque rápido, le cometieron un penal a Christian Silva, uno de nuestros futbolistas más destacados durante el torneo. Asumió la responsabilidad con unos nervios de acero y convirtió el 3-3, un gol que nos permitió terminar invictos la fase de grupos.

Aquella remontada decía mucho de la personalidad del equipo. Esa capacidad para no bajar los brazos estaba estrechamente ligada a la formación y a las experiencias que estos muchachos habían vivido. Muchos habían tenido que superar dificultades, afrontar viajes interminables, soportar el frío y crecer en condiciones precarias durante su proceso de formación. Estoy convencido de que todas esas experiencias también los habían preparado para competir de esa manera.
Y ahora llegaba lo que muchos de ellos habían estado esperando desde el principio: enfrentarse a uno de los grandes equipos brasileños. Nuestro rival en semifinales sería Palmeiras, para mí uno de los conjuntos más fuertes de toda la Copa.
El comienzo no fue sencillo. Palmeiras se puso por delante, pero nosotros nunca nos apartamos del plan. Los jugadores seguían creyendo en lo que estábamos haciendo. Las expulsiones del conjunto brasileño nos ayudaron muchísimo y, cuando comenzaron a aparecer los espacios, reaccionamos rápidamente desde la banca, introduciendo modificaciones tácticas y cambios que nos permitieron aprovechar esa superioridad.
"Jueguen por sus familias, por la gente que nos acompaña y por todo Chile, que está pendiente de nosotros"
Conseguimos remontar y clasificarnos para la final. Desde el punto de vista emocional, fue uno de los partidos más desgastantes de mi carrera. Cuando terminó, me costaba asimilar lo que habíamos conseguido. Ya habíamos hecho historia y estábamos en una final de la Copa Libertadores. Para nosotros, por todo el proceso que habíamos recorrido con aquellos jóvenes, tenía un significado enorme.
Pero todavía nos quedaba el desafío más importante. Enfrente estaría Flamengo, campeón de las dos ediciones anteriores. Un equipo acostumbrado a competir internacionalmente, con grandes jugadores y un cuerpo técnico muy preparado.
Las diferencias entre ambos clubes eran evidentes, especialmente en los recursos disponibles y en el número de profesionales que acompañaban a cada delegación. Sin embargo, una de las cosas positivas de la Libertadores es que la Conmebol proporciona las mismas condiciones de alojamiento, alimentación, recuperación y entrenamiento para todos los equipos.
Eso nos permitió reducir un poco las distancias. Porque, en cuanto al trabajo, yo sentía que no le debíamos nada a nadie.

Recuerdo especialmente la última charla antes de salir a jugar. Les pedí a los muchachos que cerraran los ojos y recordaran todo el camino que habían recorrido para llegar hasta allí.
“Jueguen por sus familias, por la gente que nos acompaña y por todo Chile, que está pendiente de nosotros. Pero, sobre todo, que cuando regresemos al vestuario podamos mirarnos a la cara y decir que lo hemos dejado todo. Que no tengamos que arrepentirnos de algo que no hicimos durante el partido, porque después ya será demasiado tarde”.
Fue una charla muy emotiva. Nos abrazamos y salimos a disputar una final que, por sí sola, ya representaba un sueño.
Desde el comienzo comprobamos que sería un partido muy complejo. Flamengo tenía individualidades capaces de desequilibrar en cualquier momento y eso nos obligaba a mantener una concentración permanente. Por momentos conseguimos controlar el encuentro, aunque tuvimos que realizar varios ajustes para contrarrestar sus fortalezas.
"Y entonces escuché el grito. De repente, todos vinieron corriendo a abrazarme. Fue una sensación única, difícil de explicar"
En el segundo tiempo empezamos a percibir algo importante: ellos estaban bajando la intensidad. Habían sentido el ritmo del partido y el desgaste acumulado durante el torneo. Flamengo introdujo cambios y nosotros también decidimos modificar nuestra estructura. Retiramos a un central, incorporamos más jugadores al ataque y buscamos aprovechar los espacios que comenzaban a aparecer.
En ese tramo, la banca resultó determinante. Entraron Seba Vargas, Vicente Vargas y Nicolás Carvacho, que disputó pocos minutos, pero fue capaz de generar situaciones importantes. Siempre les decía a los muchachos que, independientemente de si les tocaba jugar 90 minutos o solamente diez, debían hacerlo de la mejor manera posible. Todos tenían un papel importante dentro del equipo y aquella final volvió a demostrarlo.
Aun así, el tiempo se agotaba y seguíamos por detrás en el marcador. Recuerdo que, pese a estar perdiendo en los últimos instantes, yo me sentía tranquilo. Estábamos haciendo todo lo que estaba a nuestro alcance.

Y entonces llegó el empate.
Cuando conseguimos marcar, no podía creerlo. Recuerdo que miré al cielo y salí corriendo hacia un córner, justo en dirección contraria a donde estaba celebrando todo el mundo. Fue una reacción completamente espontánea, fruto de toda la tensión acumulada. Habíamos vuelto a hacer historia y llevábamos la final a los penales.
Antes de la tanda nos reunimos para bajar las revoluciones. Les pregunté quién quería patear. Siempre me ha gustado escuchar a los jugadores en esos momentos, conocer sus sensaciones y saber quién se siente realmente preparado para asumir una responsabilidad de esa magnitud.
“Elijan un lado y vayan convencidos. No duden, porque cuando aparecen las dudas es cuando se fallan los penales”, les aconsejé antes de la tanda de penaltis.
Después, me quedé sentado en la banca. Tenía tantas emociones y tanto estrés acumulado que prácticamente no quería mirar. Habíamos llegado hasta allí después de un recorrido extraordinario y todo se iba a decidir en unos pocos lanzamientos.
"David, que éramos nosotros, Santiago Wanderers, compitiendo contra los Goliats del fútbol sudamericano y europeo"
Cuando llegó el último penal, el de Nacho Flores, bajé la cabeza. No lo vi. Solamente quería escuchar qué pasaba.
Y entonces escuché el grito. De repente, todos vinieron corriendo a abrazarme. Fue una sensación única, difícil de explicar. Éramos campeones de América. Algo que todavía hoy me emociona recordar.
Para mí, aquel título fue un premio al trabajo, a las horas de estudio, a las horas de cancha y a todo el esfuerzo que supone convencer a los jugadores de que pueden mejorar y convertirse en profesionales.
También fue un premio para Santiago Wanderers, un club que no dispone de los recursos de los grandes equipos, pero que cuenta con una de las canteras más importantes de Chile. Quince de aquellos veinte jugadores ya tenían contrato profesional. Eso, como formador, me produce una satisfacción enorme.
Y, por supuesto, fue un reconocimiento a todo el cuerpo técnico, a esas personas que renunciaron a horas de descanso y dedicaron muchísimo tiempo a preparar cada detalle. Siempre he pensado que, si el compromiso no parte de nosotros, es muy difícil transmitirlo a los jugadores.

Sin embargo, aquella historia todavía tenía un capítulo más. Después de conquistar la Libertadores, debíamos esperar al campeón de la Youth League para conocer a nuestro rival en la Copa Intercontinental. Los chicos soñaban con enfrentarse al Real Madrid y finalmente se dio esa posibilidad. Poco después se confirmó que el encuentro se disputaría en Madrid, en el Santiago Bernabéu.
La preparación de la final fue muy diferente a la que habíamos realizado para la Libertadores. No disponíamos de demasiado tiempo porque la mayoría de los jugadores ya estaba integrada en el plantel profesional, disputando el campeonato de primera división en Chile. Solamente pudimos reunir al grupo completo cinco días antes del viaje, aunque llevábamos más de tres meses analizando al Real Madrid.
"Todo lo que vivimos nos dejó aprendizajes futbolísticos, pero también lecciones de liderazgo y de relaciones humanas"
Salimos de Chile un martes por la noche y llegamos a Madrid el miércoles por la tarde. La organización del torneo nos había invitado a presenciar un partido de LaLiga, pero preferimos descansar. Necesitábamos recuperarnos lo mejor posible para afrontar una final de semejante exigencia.
El jueves realizamos un entrenamiento suave y aprovechamos para que los chicos conocieran algunos lugares de Madrid. Para muchos era la primera oportunidad de viajar a Europa. El viernes reconocimos el Bernabéu e hicimos un recorrido por el estadio. Entrar en un escenario de esa magnitud fue algo emocionante para todos.
También resultó muy especial encontrarnos con nuestra gente. Había unos 5.000 hinchas de Santiago Wanderers, muchos de ellos llegados desde Chile. Recibimos muchísimo cariño y sentimos que habíamos representado bien a una hinchada que se identifica con el sacrificio, la lucha y esa capacidad de no bajar nunca los brazos.

Fueron días cargados de emociones. Estar en Madrid, entrenar en Valdebebas, conocer las instalaciones del Real Madrid y sentirse cerca de futbolistas de primer nivel era algo extraordinario para los chicos. Pero, al mismo tiempo, suponía un desafío para nosotros como cuerpo técnico. Teníamos que conseguir que gestionaran toda esa ilusión y fueran capaces de concentrarse exclusivamente en el partido.
En la charla previa insistí en que debíamos ser un equipo intenso, agresivo en el buen sentido, pero también muy ordenado y controlado. Les recordé que una de las claves de nuestra Libertadores había sido terminar todos los partidos con once jugadores. Si ya iba a ser difícil competir contra una de las mejores canteras del mundo, hacerlo con un futbolista menos complicaría todavía más nuestras posibilidades.
Lamentablemente, ocurrió precisamente lo que habíamos intentado evitar. Nos quedamos con un jugador menos y el partido se puso cuesta arriba.
En el entretiempo, lo primero que hice fue escribir en la pizarra una palabra: «Control». No quería que el equipo confundiera competir con enfrentarse permanentemente al rival. Ese no era el camino que habíamos trabajado durante tantos meses ni lo que yo quería transmitir como entrenador.
"Estos chicos consiguieron algo que ningún otro equipo chileno había logrado. Una historia que permanecerá para siempre en sus carreras"
Creo que los jugadores entendieron el mensaje y reaccionaron bien. Se tranquilizaron, comenzaron a concentrarse exclusivamente en jugar y conseguimos el empate. Incluso tuvimos oportunidades para ponernos por delante. Durante varios minutos sentimos que, pese a la inferioridad numérica, podíamos volver a conseguir algo extraordinario.
Sin embargo, a medida que avanzaba el encuentro, el desgaste comenzó a pasarnos factura. Algunos futbolistas empezaron a sufrir calambres y tuvimos que utilizar los tres cambios que nos quedaban alrededor del minuto 80. Fue entonces cuando se hicieron más evidentes las diferencias entre las plantillas. El Real Madrid dispone de una cantera muy poderosa, con veinte o veinticinco jugadores de enorme nivel.
Además, durante el análisis previo habíamos detectado que era un equipo especialmente peligroso en los últimos minutos, un tramo en el que conseguía muchos de sus goles. Y el segundo llegó precisamente en una acción que teníamos estudiada: una ruptura interior del lateral. Habíamos logrado controlar ese movimiento durante buena parte del encuentro, pero entre los cambios, el cansancio y algunos desajustes terminamos concediendo el espacio que necesitaban.

Nos quedamos con la pena de no haber conseguido el título intercontinental. Era nuestra ilusión y habíamos viajado convencidos de que podíamos volver a hacer historia. Pero también regresamos con la tranquilidad de haber competido contra grandes futbolistas y un cuerpo técnico de primer nivel, representando a nuestro club en uno de los escenarios más importantes del fútbol mundial.
Cuando miro hacia atrás y pienso en todo lo que hemos vivido, todavía me parece increíble. Disputamos cuatro finales, ganamos dos títulos, fuimos campeones de América y jugamos una final intercontinental. Además, conseguimos aportar varios futbolistas al primer equipo.
Todo lo que vivimos nos dejó aprendizajes futbolísticos, pero también lecciones de liderazgo y de relaciones humanas. Hoy siento que somos mejores entrenadores y mejores profesionales gracias a las situaciones que tuvimos que afrontar.
Estos chicos consiguieron algo que ningún otro equipo chileno había logrado. Una historia que permanecerá para siempre en sus carreras, en las nuestras y en la memoria de Santiago Wanderers.
Sin duda, el mejor año de nuestras vidas.
Por ahora…
Nota al pie:
Nada de todo esto habría sido posible sin el cuerpo técnico. Gracias de corazón a Osvaldo Cataldo y Domingo Sorace (ayudantes técnicos), Daniel Vinez (preparador físico), Fernando Guerrero (preparador de arquero), Josefa Robert (kinesióloga), Ignacio López (doctor), Fernanda Vizcaya (coordinadora), Julio Muñoz (utilero) y Pía Moya (nutricionista).

Felipe Salinas
