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Phil Thompson

Entrenador Asistente, Liverpool, 1998-2004

Estaba en Valencia trabajando como comentarista para la emisora Radio City en un partido del Liverpool, en la Copa de la UEFA, cuando conocí a Gérard Houllier. 

Bajé a tomar algo en el bar del hotel y me encontré con Ronnie Moran, Tom Saunders y sus esposas. Entonces pasó por ahí Gérard y Tom se levantó y nos presentó.

“Claro que conozco a Phil”, dijo Gérard. “Lo he visto jugar muchas veces”. Charlamos unos quince minutos. Un momento muy jovial. Él era un caballero, totalmente encantador.

Una semana después, el Tottenham nos ganó 3-1 en la Copa de la Liga, en Anfield. Yo estaba trabajando otra vez en la radio, y había estado hablando acerca de una falta de conexión entre Gérard y Roy Evans, al verlos allí sentados durante el partido.

Faltaba unión en el campo, y yo decía que era un reflejo de lo que estaba pasando con los entrenadores.

Al día siguiente recibí una llamada. Era Peter Robinson, director ejecutivo del Liverpool. “¿Puedes venir a una reunión?”, me dijo. “Pero no vengas a Anfield. Hay prensa por todos lados en el estadio. Roy acaba de renunciar. ¿Sabes dónde vive el presidente, David Moores?”.

Le dije: “Claro que sí. ¿Cuándo te gustaría que nos viéramos?”.

“Ya”.

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Sin saber qué estaba pasando, me dirigí a la casa de David Moores. Todos los directivos estaban allí: Rick Parry, David Moores, Tom Saunders… Parecía un velatorio.

“Phil, hemos estado charlando”, dijo Peter Robinson. “Roy renunció. Hablamos acerca de lo que necesitamos y lo que necesitamos es traer un poco de disciplina de vuelta al club. Alguien que pueda encarar a los jugadores y ser fuerte. Alguien con ADN del Liverpool”.

“Tom Saunders dijo: ‘tienen que traer a Phil Thompson de vuelta’. Queremos que seas el asistente de Gérard Houllier”.

“Sabía mucho sobre fútbol y cómo comunicarlo”

Mi mente voló a mi primer encuentro con Gérard.

Les dije: “Genial. Ustedes saben que yo amo el club y que me encantaría, pero ¿qué piensa Gérard? Eso es lo más importante. No quiero que me echen ahí con él si no está cómodo trabajando conmigo”.

Me dijeron que lo habían conversado y que él estaría feliz de tenerme. Era una decisión grande la que estaban tomando, porque nosotros realmente no nos conocíamos.

Yo fui discípulo de Ronnie Moran (abajo, a la izquierda). Muy áspero. Muy exigente con mi equipo, con mi plantilla.

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Gérard se tomaba las cosas con un poco más de calma. Era un poco como lo del policía bueno y el policía malo. Me parece que era eso lo que la directiva y el club necesitaban. Un cambio de dirección, no solo en lo táctico, sino además con pasión y disciplina. Necesitaba un gran choque cultural.

Inmediatamente, fui con Rick Parry y Peter Robinson a charlar con Gérard acerca de nuestra visión para el club. Él ya tenía a Sammy Lee y Patrice Bergues, que era un entrenador excelente. Los dos trabajaban muy, muy bien juntos. Pero esta era una decisión muy importante que Gérard debía tomar.

Los cambios vinieron rápido. Desde el primer día enumeramos 20 reglas que todos tenían que cumplir, y la primera fue la de prohibir los teléfonos celulares. Gérard quería que los jugadores conversaran entre sí, porque eso ayudaría a crear compañerismo, camaradería.

“En lo que pasen por la puerta, apagan el celular, o lo pueden dejar en casa”, dijo. “Todos tienen que hablar en inglés, están acá juntos como un equipo. Se sientan con jugadores de otras nacionalidades a la hora del almuerzo”.

“Gary McAllister y Markus Babbel fueron contrataciones muy astutas”

Fue bastante chocante para los jugadores, pero era necesario. Se volvió una forma de vida. Probablemente muchos de los jugadores me odiaron durante un par de años, pero no me importaba. Ronnie Moran ya había estado exigiéndoles lo máximo todos los días.

Gérard vio lo que yo podía aportar. Cuando Bill Shankly era entrenador, Bob Paisley era el tipo malo. Cuando Bob se hizo entrenador, Ronnie asumió ese rol. Era algo que parecía funcionar.

Gérard no había jugado a un alto nivel, pero sabía mucho de fútbol y cómo comunicarlo en las charlas con el equipo. Se sabía todos los pormenores del juego, y te dabas cuenta de eso en los primeros dos meses. A veces íbamos a Anfield, y nos quedábamos en la oficina de Peter Robinson hasta las once de la noche, pensando en qué jugadores queríamos firmar. Trajimos a Stéphane Henchoz al principio, y yo había visto a Sami Hyypia jugar contra Oliver Bierhoff y Alemania.

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Finalmente teníamos los centrales. Didi Hamann (arriba), con un gran carácter, fue también fundamental.

Los fichajes en ese verano de 1999 también ayudaron a cambiar la actitud de los jugadores nacionales y la forma de hacer las cosas. Gérard cambió las dietas. Todo cambió.

Fue una decepción quedarnos fuera de la Champions League el último partido de la temporada 1999/2000, pero sabíamos que nuestro equipo era muy joven y podía haber salido muy mal parado en esa competición. Jugar la Copa de la UEFA nos iba a permitir asentarnos.

Markus Babbel fue un fichaje sensacional. Era un tipo excepcional, como persona y como jugador. Llegó gracias a los contactos de Gérard. Muchos grandes clubes de Europa estaban tras él, pero Gérard sabía cómo convencerte de que el club iba a lograr grandes cosas.

“Gérard quería tener a todo el mundo involucrado, hacerlos sentir que cada uno era tan importante como Steven Gerrard o Michael Owen”

Gérard también me dijo. “Hay una posibilidad de firmar a Gary McAllister”.

“Gérard, ¿no piensas que esto va a enviar una señal equivocada, ya que estamos construyendo un equipo joven?”.

“Entiendo tu punto de vista, Phil, pero no ves la experiencia que puede aportar a los jóvenes? Ya he hablado con él. Es todo un profesional y no va a venir a calentar el banquillo”, me dijo.

Gary ayudó a los jugadores más jóvenes a volverse más profesionales y a ver mejor el juego. Fue un fichaje inspirador. Él y Markus fueron dos fichajes muy astutos.

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Desde enero del 2001, había partidos los fines de semana, y a mitad de la semana. Prepararse, viajar y recuperarse, algo que no me había tocado vivir como jugador. Además tuvimos unos partidos muy duros.

Tuvimos la semifinal a ida y vuelta en la Copa de la Liga, y luego, desde febrero, otras dos eliminatorias a doble partido en la Copa de la UEFA. Roma, Porto, Barcelona; equipos duros con los que tuvimos que lidiar.

Queríamos que hubiese un ambiente positivo con respecto a esos partidos. Gérard hacía un trabajo fantástico para mantener a los jugadores relajados y para levantarles la confianza una y otra vez antes de cada encuentro. Sus charlas al equipo eran sensacionales, realmente los hacía creer en sus posibilidades. Era algo realmente estimulante.

Y, aunque era difícil, los jugadores disfrutaban inmensamente, no solamente con las tres copas. Queríamos clasificarnos a la Champions League, y estábamos en la lucha para conseguirlo. Teníamos que mantenernos competitivos en la Premier League.

“Nunca había hecho algo así, pero fue increíble. Siempre te escuchaba”

Fuimos en dos autobuses a Cardiff para la final de la Copa de la Liga, porque Gérard quería tener a todo el mundo involucrado, hacerlos sentir que cada uno era tan importante como Steven Gerrard o Michael Owen. Gérard no tuvo problema dejando por fuera a Michael ese día. Creyó que era lo mejor. El equipo era siempre su prioridad.

Dominamos totalmente al Birmingham durante 90 minutos. Pero no logramos marcar el segundo gol que nos merecíamos ese día.  El Birmingham nos empató con un penalti en el último minuto, y jugaron muy bien el tiempo extra.

Gérard les dijo a los jugadores: “Éste es el que queremos. Ganamos éste y nos va a lanzar a la lucha por trofeos cada vez mayores”.

Ese primer título les daba confianza a los jugadores de que todo era posible. La gente en la ciudad hablaba de que si preferían la FA Cup o la Copa de la UEFA, o clasificarse para la Champions League. El Liverpool estaba otra vez peleando por trofeos grandes. Fue algo maravilloso.

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La Roma era un equipo muy especial, con Gabriel Batistuta, Cafú y Vincent Candela, entre otros. Antes de ir allá, Gérard dijo que tenía un plan para vencerlos. El día del partido dijo que iba a meter a Jari Litmanen arriba, detrás de Michael Owen y Robbie Fowler.

La Roma jugó con tres centrales y cinco mediocampistas. Sammy Lee, Joe Corrigan y yo nos miramos y dijimos “No estoy seguro de esto, muchachos” Patrice dijo: “Phil, no podemos enfrentarnos a la Roma con tres atacantes, y de visitantes”. Sammy y Joe dijeron: “No.”

Yo dije: “Voy a verlo. A ver al jefe.”

Subí a su habitación y le toqué la puerta. “Gérard, ¿te puedo decir algo?” Él era genial, siempre te escuchaba.

“Cardiff se convirtió en la final de la Copa Michael Owen”

Me expliqué y él me preguntó: “¿Qué sienten los otros entrenadores?”

“Gérard, sienten exactamente lo mismo. Por eso estoy aquí.”

Ya le había dicho a Jari que iba a empezar. “Vale, Phil. Déjamelo a mí.”

Nunca había hecho algo así, pero fue increíble, y él escuchó. Tuvo que ir a hablar con Jari, y cambió el equipo. Michael metió dos goles y ganamos 2-0. Eso decía mucho acerca de Gérard.

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La final de la FA Cup en mayo se jugó en un día muy caluroso. Gary McAllister no fue alineado y estaba muy decepcionado.

Nos destruyeron. El Arsenal nos hizo pedazos. Robert Pires, Freddie Ljungberg, Thierry Henry, haciéndonos trizas.

Pero aguantamos. Yo había jugado muchos partidos así, y tienes que mantener la fe de que las cosas se van a enderezar. Y así fue al final.

Le dije a Gérard: “Este hay que ganarlo en 90 minutos. Si no, nos van a destrozar en la prórroga. Es ahora o nunca.”

Los últimos 15 minutos intentamos con todo lo que teníamos, y metimos a McAllister. Pero estaba por verse que se convertiría en la final copera de Michael Owen. La unión de ese grupo brilló como nunca en ese juego.

Gérard nos dijo: “No se puede celebrar. No quiero que celebren ni beban”. Íbamos a jugar la final de la Copa de la UEFA el miércoles siguiente, contra el Alavés.

Fue uno de los partidos más extraños que tuve que presenciar como entrenador. Nos pusimos 2-0 arriba y parecía que pudieran haber sido seis o siete. Y, de repente, cambiaron de tres a cuatro en defensa, metieron otro atacante… y se metieron de nuevo en el partido.

Nos quedamos un poco aletargados, y aunque Gérard hizo cambios, el partido se salió de nuestro control. No había cómo dominarlo. Era uno de esos partidos de correr sin parar de un lado al otro del campo.

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Ellos no iban a bajar los brazos y fue el más increíble de los encuentros porque no se podía saber qué iba a pasar. Nos fuimos a la prórroga con 4-4, y se habían quedado con 10 hombres y luego nos hicieron esa falta en la banda que los dejó con nueve. Ese tiro libre lo cobra muy bien McAllister y Geli (defensa del Alavés) la desvía con la cabeza a la esquina de abajo. Era el Gol de Oro.

Los jugadores pensaban “¿por qué corre todo el mundo hacia el campo?”. Se les había olvidado. Hasta el día de hoy conservo el papel con el orden en que íbamos a lanzar los penaltis.

Gérard nos dijo que todavía nos quedaba un partido importante contra el Charlton, y nos prohibió celebrar otra vez. No volvimos al hotel hasta pasadas las dos de la madrugada, y de ahí a Charlton. No sería hasta años después cuando Didi Hamann lo admitió: “Claro que nos tomamos algo.”

Teníamos que ganar ese partido. El Leeds también luchaba por el tercer puesto, y jugamos una primera mitad horrible. El Charlton nos vapuleó – Sander Westerveld hizo un paradón tras otro – y apenas aguantábamos.

“Le tomamos la manos hasta que entró al quirófano. No teníamos idea de que sería una operación de casi 12 horas”

Pero lo que tuvimos de malo en la primera parte, lo tuvimos de bueno en la segunda. Terminamos ganando 4-0 y pudieron haber sido más. Cada vez que atacábamos teníamos oportunidad de marcar.

En la banda los del cuerpo técnico tuvimos nuestra pequeña celebración. Nos abrazamos. Lo habíamos logrado. Así de grande era poder estar en la Champions League.

Algo incluso más grande ocurrió después en Anfield ese octubre.

El Leeds era nuestro rival en la Premier League, y nos iba ganando 1-0 al descanso. Yo estaba viendo a Gérard parado por las mesas de masajes en el vestuario. Solo habló dos minutos con los jugadores, un discurso corto, se dio la vuelta y salió del vestuario.

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“Joe, Doc. Síganlo”, dije.

Joe volvió y dijo: “No se encuentra bien. No ha salido”.

Nunca les dije nada a los jugadores. Solo: “Vamos muchachos. Preparémonos”.

Justo antes de que salieran los jugadores, entré en el cuarto de masaje. Él estaba en una de las camillas. Emile Heskey había salido y estaba viendo a Gérard, pálido, con una máscara de oxígeno en la cara.

“Luego pasé a la última página: “Hacedlo por el jefe”

Le tomé la mano y le dije: “Gérard, has sido un buen maestro. Sabré que hacer, yo y el staff estaremos bien. Tú asegúrate de que te mejores”.

Volví sin saber nada de lo que iba a pasar. Se reanudó el juego y empatamos 1-1, que era un buen resultado, pero eso fue solo el comienzo.

Fuimos directo al Royal Hospital en Liverpool, y nos dijeron que lo habían trasladado al Broadgreen Hospital. Así que nos volvimos a subir en el coche y fuimos allí.

Nos quedamos con él hasta que se lo llevaron para ser operado y le tomamos la mano hasta que entró al quirófano. No teníamos idea de que sería una operación de casi 12 horas.

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El domingo por la mañana, en nuestro vuelo para el partido de Champions League contra el Dinamo de Kiev, en vez de ser Gérard y yo y nuestro cargamento de gominolas – que nos encantaban – era yo, las gominolas y un asiento vacío.

“¡Dios mío!, soy el entrenador del Liverpool. Tengo que hacer la alineación. ¿Cómo conecto con los jugadores aquí?

Ser entrenador interino era algo nuevo para mí. Algo bien emocionante también. Lo que más temía era la charla en el vestuario. Las de Gérard eran estimulantes y repletas de información útil.

La noche del partido, el doctor actualizó a los jugadores sobre el progreso de Gérard y después yo pedí la palabra y tuve que dar la charla de vestuario. Al hacerlo tenía dos rotafolios. En el primero estaba la alineación, y luego pasé a la última página. Decía, “háganlo por el jefe”.

“Si es necesario, Phil, haré mi regreso para ese partido”

Fuimos el primer equipo inglés que ganaba en Kiev, lo cual fue muy emocionante. Les ganamos 2-1. Cada charla que di hasta el partido contra la Roma, siempre mencioné algo acerca del jefe.

“El jefe está pensando en ustedes”.

“Piensen en él”.

Después de esa victoria en Kiev, perdimos uno solo de los siguientes doce partidos.

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Estuve a cargo del equipo por seis meses. Durante tres o cuatro de esos, Gérard estuvo muy enfermo. Me iba caminando a su casa después de los partidos, y hablábamos de los partidos. Él los veía por la tele o los escuchaba en la radio. Me preguntaba cuál sería la próxima alineación.

“Gérard, olvídalo. Concéntrate en mejorarte”.

Eventualmente, en la medida que fue mejorando, le empezamos a dar más información. Después de unos cuatro meses, ya le decíamos cuál sería la alineación, pero no fue hasta el último mes que le dejamos intervenir, porque no queríamos que se estresara.

Ese marzo, para poder avanzar en la Champions League, necesitábamos ganarle por dos goles a la Roma en Anfield. Gérard siempre decía: “Si es necesario, Phil, regresaré para ese partido”.

“Cuando miró atrás, ¡Dios!, se le veía frágil. Todavía se le veía enfermo”

Nadie más sabía que iba a venir. Como a las cinco y media de la tarde, fui para la concentración en Melwood. Gérard ya estaba allí, en secreto, escribiendo su charla para el equipo. Los jugadores comenzaron a llegar, los veía susurrando. También el cuerpo técnico.

Dio una charla inspirada. “Pueden lograrlo”.

Gérard y yo fuimos los últimos en llegar, y yo veía la mirada de los jugadores fija en el pasillo. “¿Va a venir?

Llegando a Anfield, cuando pasamos por las Puertas de Shankly, toda la afición aplaudía. Todos apuntaban a la parte delantera del autobús. Las cámaras captaron a Gérard saliendo del vehículo y se podía sentir el entusiasmo de los jugadores.

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Sacó su bufanda roja y se la puso en el cuello – todavía estaba frágil – y al bajar las escaleras tocó el cartel que dice “Esto es Anfield”.

Cuando entramos al campo ahí estaba Fabio Capello – su viejo amigo – esperando para saludarle. Seguramente era consciente del efecto positivo que tendría verlo.

Y resulta que habían decidido justo esa noche poner un mosaico de Gérard en la tribuna de casa (The Kop), sin saber que sería su regreso. Metimos los dos goles. Fue una actuación sensacional.

En ese momento, porque Gérard había vuelto, pensamos que ya todo había pasado. Pero ahora recuerdo el partido en Leverkusen, donde hacía frío, ¡Dios, se le veía frágil! Todavía se le veía enfermo.

“Hubo muchas muestras de emoción cuando Gérard falleció”

Quizá debimos haber dicho: “Muchas gracias, Gérard. Ahora vuelve a tu casa. Cuando te necesitemos de nuevo, te vamos a buscar”.

Pero fue un regreso a tiempo completo y él –nosotros– habíamos tomado la decisión errónea. Debíamos haberlo hecho diferente. La pretemporada, los días y noches más cálidos, le hubieran sentado mucho mejor para rehabilitarse.

Ganamos la Copa de la Liga en 2003, así que tampoco era como que todo se caía a pedazos. Yo solo tuve que hacerlo por pocos meses lo de las ruedas de prensa, la radio, la táctica, pero es algo muy exigente. Era como si hubiese muerto en la mesa de operaciones ese día. Uno no regresa de algo así a los pocos meses.

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Tenía un enorme deseo de ganar la Premier League con el Liverpool. Amaba inmensamente al club, a la gente, todo lo relacionado al club. Pero las cosas se empezaron a complicar en su temporada final, la 2003/04.

Pasa con todos los entrenadores. Se pueden tener buenos resultados y buenas rachas, pero cada vez que pierdes todo parece estar peor que antes.

Le habíamos devuelto la sonrisa a la gente, y creo que porque Rafa Benítez llegó y ganó la Champions League durante su primer año, de una forma tan dramática, la gente se olvida de todo lo que Gérard logró. Tres copas en una temporada y el primer trofeo europeo del Liverpool en 17 años.

Una generación que solo tuvo las historias que sus padres, sus abuelos y sus tíos habían vivido, con viajes a Europa y trofeos de competiciones continentales, ahora tenían esa noche inolvidable en Dortmund, contra el Alavés, y la final de la Copa de Owen contra el Arsenal.

Hubo muchas muestras de emoción cuando Gérard falleció. Parecía que no se le había colocado en el mismo plano que Shankly, Paisley, Fagan, Benítez y Klopp, pero se lo merecía.

“Hablaba con nuestro acento Scouser y le encantaba ser el entrenador del Liverpool”

Él fue como un padre para Steven Gerrard, un jugador que al principio de su carrera se lesionaba mucho. Gérard fue determinante en ese sentido, con los médicos del equipo. “Quiero soluciones”.

También le encantaba el sentido del humor de Jamie Carragher y su nivel de compromiso. Pero le dijo que si no cambiaba su forma de jugar, no llegaría a cumplir 26 años antes de retirarse. ‘Carra’ le tomó la palabra. Verlo jugar todavía a los 35 era increíble. Tanto él como Gerrard se volverían figuras icónicas.

El manejo de la gente que tenía Gérard era increíble. Él conocía a los jugadores y trataba de hacer todo por ellos. Se preocupaba por sus familias, el personal del campo, las oficinistas, los porteros.

En las fiestas de Navidad en Melwood (ciudad deportiva del Liverpool), él se encargaba de asignar los asientos. Ponía siempre trabajadores del vestuario entre Steven Gerrard y Michael Owen.

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Pensaba mucho en el bienestar de la gente, y eso es lo que lo hacía diferente del resto.

Dejaba la puerta abierta. “Está abierta para que pasen”. Y los jugadores le tomaban la palabra.

Tenía además contactos increíbles. Donde quiera que estuviéramos por todo el mundo, había gente que le conocía. Era como un padre para todos, eso siempre me sorprendió.

De joven había venido a Liverpool para ser profesor de francés en una escuela pública de la ciudad, Alsop Comprehensive, apenas a una milla de distancia del campo. Se sentaba en la tribuna local con los demás profesores de la escuela. Hablaba con nuestro acento Scouser y le encantaba ser el entrenador del Liverpool.

Éramos muy diferentes, pero tuvimos una gran asociación. Fue maravilloso.

Incluso después de retirarse, hablábamos cada par de semanas. Cuando conversábamos siempre me despedía de él diciéndole: “Te quiero, amigo”.

Estoy feliz de habérselo dicho, porque si no ahora me darían ganas de matarme si no lo hubiera hecho. Estoy agradecido de haber pasado con él seis años increíbles. Incluso los malos momentos; tienes que vivir cosas así en la vida.

Te quiero, amigo.

Phil Thompson

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