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José Morais

Jeonbuk Motors, 2019-2020

¿Sabes cuando compras la lotería de Navidad y llega la hora de revisar los números? 

Cuando mi teléfono sonó y del otro lado estaba José Mourinho para invitarme a trabajar con él, en el Inter de Milán, era como si hubiese salido mi número.

Yo escuchaba lo que él me decía, pero no me lo podía creer. Mi vida cambiaría completamente. Salió mi número en la lotería.

Yo estaba trabajando en Túnez, en el Espérance, cuando eso pasó. Me iba bien, estaba realizando un buen trabajo en el club africano. No pensaba en irme hasta que escuché las palabras de Mourinho, el mejor entrenador del mundo: “Tengo aquí un puesto para ti. Si lo quieres, es tuyo” ¿Si quiero? Le respondí que la maleta estaba lista detrás de la puerta. Sin duda era lo que yo más quería.

Me gustaba Mourinho desde los tiempos del Benfica. Primero, fue una admiración por su trabajo. Después, con la convivencia que tuvimos por años de colaboración en el Inter de Milán, el Real Madrid y el Chelsea (abajo), pasé a admirar a Mourinho como persona. Es más que un amigo, lo considero un hermano que me dio la vida.

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Mi profesión también es mi pasión. El trabajo me llevó a diferentes lugares del mundo. Es una vida interesante y exigente. Te proporciona un día a día que se vive con entusiasmo. Encontré personas y culturas diferentes en los países donde estuve. Pero hay algo que no cambia: todos somos seres humanos. En mi trayectoria, tuve la felicidad de encontrar personas extraordinarias.

Tengo interés, curiosidad por conocer a los demás. Conocer sus perspectivas, entender su pensamiento. Estoy en la búsqueda constante de integración. Creo que esta es una característica fundamental para el desempeño de mi profesión.

“Mourinho es más que un amigo, lo considero un hermano que me dio la vida”

Mi desafío más reciente fue en Corea del Sur. Antes, estaba trabajando en Ucrania, cuando mis representantes me presentaron la oportunidad de ir a Asia. Se trataba del Jeonbuk Motors (abajo), un club de élite en Corea, de los que pelean por títulos. Era exactamente lo que quería para mi carrera.

Claro que era un cambio arriesgado. Al final, iba rumbo a una cultura desconocida para mi, además de la obvia dificultad para comunicarme. Pero aparte de eso, deportivamente el Jeonbuk había estado teniendo mucho éxito con su anterior entrenador, Choi Kang-hee. No había muchos que estuviesen interesados en entrar en el club en aquel momento, después de tantos años de éxitos.

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Acepté el reto, sin saber exactamente las dificultades que podría enfrentar. Pero yo nunca me enfoco en las  dificultades que vendrán. Mi pensamiento siempre está volcado a la parte positiva de las experiencias. En mi cabeza solo tenía ganas de vivir algo nuevo. Adaptarme rápidamente al país y poner en práctica mi filosofía de trabajo.

La adaptación no fue fácil. La forma de pensar y de ser de los coreanos es diferente a lo que acostumbramos en occidente. Por ejemplo, el contacto físico para saludar a alguien no es algo que se acostumbra. Vengo de una cultura donde el toque, el apretón de manos, el abrazo, son triviales. Para ellos, no. El saludo es a distancia. Al principio me pareció extraño. Así como a ellos les parecería raro mi forma de ser. Poco a poco, fui entendiendo esos detalles de la cultura local y, con eso, mejorando mis relaciones.

“Mi profesión también es mi pasión. El trabajo me llevó a diferentes lugares del mundo; una vida interesante y exigente”

La barrera del idioma fue, sin duda, uno de los obstáculos. La presencia de un traductor hacía la comunicación posible, pero lejos de lo ideal. Una conversación directa entre dos personas es una cosa. Involucrar a un tercer elemento en la comunicación es otra.

No todo el mundo está siempre dispuesto a decir lo que diría si no hubiesen intermediarios. Acabó siendo una de las razones que me hicieron percibir que mi ciclo en el Jeonbuk, a pesar de ganar dos campeonatos y una Copa de Corea en dos años de trabajo, estaba llegando a su fin.

Era el momento de buscar un nuevo proyecto.

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Si mi última experiencia fue bien lejos de casa, la primera de ellas fue en Portugal. En el Benfica viví una experiencia fundamental para el desarrollo de mi carrera. Fue lo que me permitió trazar el camino hasta aquí. En el club de Lisboa hice contactos y gané experiencia. Allí trabajé en la formación y dirigí el Benfica B. Lo curioso es que una de las grandes oportunidades que tuve en el club, la de trabajar con jugadores de renombre, como Deco (arriba) y Maniche, surgió por casualidad.

El plantel principal del Benfica estaba por viajar para la realización de la pretemporada. Los jugadores que estaban de baja tenían que quedarse a entrenar en el club y, por lo tanto, era necesario que alguno de los entrenadores de la institución asumiese esa función. Mis colegas estaban de vacaciones y yo era el único disponible. Y esa disponibilidad terminó cambiándome la vida. Además, la suerte fue total: además de mí, el otro responsable de cuidar ese grupo de atletas era el gran Eusebio. Jamás olvidaré lo que aprendí a su lado.

“Una de las grandes oportunidades que tuve en el Benfica, trabajar con jugadores de renombre como Deco o Maniche, surgió por casualidad”

Como mencioné, fue en el Benfica cuando conocí a José Mourinho. No podía imaginar que él se acordaría de mi años después, con aquella invitación telefónica.

En mi primer año como auxiliar de Mourinho encontré dificultades. El trabajo era emocionante, pero extenuante. Él vive los mínimos detalles del fútbol y exige lo mismo de sus pares.

El hecho de que yo tuviese experiencia como técnico principal me ayudó a lo largo de esos dos años como asistente. Al final, cuando yo analizaba al próximo adversario, naturalmente surgían ideas tácticas en mi cabeza. Mourinho es inteligente y, como un buen líder, está siempre listo para discutir ideas.

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Aquel equipo del Inter de Milán es inolvidable. La mayoría de la gente recuerda los duelos con el Barcelona, la semifinal de la Liga de Campeones. Fueron, de hecho, grandes partidos, con mucha inteligencia táctica de Mourinho. Pero hubo un momento anterior, todavía en fase de grupos, que también es representativo para ilustrar el espíritu ganador de aquel equipo.

Íbamos perdiendo contra el Dinamo de Kiev, 1- 0 en Ucrania, con gol de Shevchenko. Hacía mucho frío y aquel resultado prácticamente nos eliminaba de la competición. Ni el empate era bueno para nosotros. De repente, Mourinho hizo unas alteraciones tácticas y marcamos dos goles en los últimos 4 minutos del juego. A partir de aquel momento, la historia comenzó a escribirse.

“El Inter de Milán de Mourinho tenía una determinación inigualable, un espíritu de lucha rarísimo”

El Barcelona también estaba en nuestro grupo. Por lo tanto, ya nos conocíamos bien cuando coincidimos nuevamente en las semifinales. Hasta hoy creo que Sergio Busquets exageró en aquella jugada de la expulsión de Thiago Motta (abajo). Quedamos con un hombre menos en el Camp Nou todavía en el primer tiempo.

Como habíamos ganado el encuentro de ida 3-1, era necesario defender aquella ventaja. No sería fácil hacerlo con 11 contra 11, y la expulsión exigió un sacrificio enorme de cada futbolista. Eto’o prácticamente jugó de lateral izquierdo.

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Un plantel, el del Inter, que tenía una determinación inigualable, un espíritu de lucha rarísimo. Nunca más encontré un grupo así, con tanta determinación y fuerte mentalmente. Recordaré toda la vida aquellos jugadores.

No hay palabras para describir el sentimiento que movía a aquel equipo. Fueron momentos mágicos.

“Hasta hoy creo que Sergio Busquets exageró en aquella jugada de la expulsión de Thiago Motta”

La relación de los jugadores con Mourinho era indescriptible. Me acuerdo un día que los argentinos Diego Milito, Cambiasso y Zanetti (abajo) organizaron un asado en el centro de entrenamiento.

Me parece que todavía siento el sabor de aquella carne. Aquella sinergia que teníamos le dio un gusto inigualable a la carne y a las conquistas que tuvimos con el club italiano. Creo que nunca más saborearé momentos como esos.

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Cuando llegamos al Real Madrid, Mourinho me animó a crear un nuevo departamento en el club. La idea era perfeccionar los análisis audiovisuales de los adversarios. Para ello, hicimos más cercana la relación con la empresa que hacía las ediciones de vídeo con el objetivo de extraer un contenido que nos fuera más útil. Hoy en día, prácticamente todo el mundo lo hace de la manera que implementamos en aquella época en España.

La grandeza del Real Madrid no requiere comentarios. Es un club acostumbrado a ganar y a convivir con la atención del mundo entero. Al encontrar un plantel estelar, intenté hacer lo que siempre hago: tratar a todas las personas por igual. Somos todos seres humanos.

“Cuando recibí la oferta del Al-Shabab, Mourinho me mandó pedir el doble de lo que me habían ofrecido”

Como auxiliar técnico, una de mis funciones es tener la certeza de que cada jugador entiende lo que tiene que hacer dentro y fuera del campo. Liderar un plantel, a fin de cuentas, es intentar convencer a todos de que estamos en el camino correcto. Requiere de una creencia colectiva. De lo contrario, no funciona.

Fueron tres temporadas en España, con títulos importantes y mucho aprendizaje. En la última de ellas, tal vez la creencia colectiva, por una razón u otra, dejó de ser la misma.

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La próxima parada de Mourinho, y por consiguiente mía también, fue en Inglaterra. Mourinho volvía al Chelsea, donde había sido muy feliz en su primera experiencia. Los desafíos eran inmensos y, nuevamente, él consiguió llenar las expectativas de traer más trofeos al club. Durante aquellos años en Londres, ocurrió algo inusitado en mi carrera.

Recibí una oferta del Al-Shabab, un club de Arabia Saudita. Era una excelente propuesta financiera. Cuando le conté a Mourinho, me mandó a pedir el doble de lo que me habían ofrecido. “Si los sauditas pagan, te puedes ir”, me dijo.

“Liderar un plantel, a fin de cuentas, es intentar convencer a todos de que estamos en el camino correcto”

La propuesta original ya era absurda. Aceptaron mi contrapropuesta y Mourinho convenció entonces a la directiva del Chelsea de que me “prestaran” al club saudita.

Así, fui a Arabia, hice el trabajo y después volví a mi cargo en el Chelsea.

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Cuando salimos del Chelsea, Mourinho se quedó un tiempo sin trabajar. En ese lapso, apareció una oportunidad para mí. Como había un intervalo, decidí aceptar el desafío de dirigir al Antalyaspor de Turquía. De allá para acá mi carrera siguió rumbos diferentes con relación a Mourinho. Pero volver a trabajar con él es algo que siempre está en mi radar.

Nunca dejaré de considerar esa posibilidad.

Siento una inmensa gratitud por lo que el le dio a mi carrera. Me siento feliz y realizado como técnico principal. Pero por el agradecimiento y el cariño que le tengo a Mourinho, si algún día me vuelve a necesitar, estaré listo.

No me interesa el salario. Agarro mis cosas y voy.

José Morais

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