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Mundial 2026: ¿por qué los partidos se están decidiendo en los últimos minutos?

Mundial 2026: ¿por qué los partidos se están decidiendo en los últimos minutos?
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Redacción
Coaches' Voice en español
Publicado el
1 de julio 2026

Brasil marcó el 2-1 en la recta final para superar a Japón después de un complicado duelo. Canadá encontró el gol decisivo frente a Sudáfrica cuando el partido ya entraba en su desenlace. Marruecos forzó la prórroga ante Países Bajos en los últimos instantes de un encuentro que parecía perdido. O Erling Haaland decidió a favor de Noruega el duelo ante Costa de Marfil en los últimos minutos.

No son episodios aislados ni simples anécdotas de un torneo especialmente emocionante. Es la tónica habitual del Mundial 2026, que está confirmando, tanto en la fase de grupos como sobre todo en las eliminatorias de dieciseisavos, una tendencia que lleva años creciendo en el fútbol de élite: cada vez más partidos se deciden cuando el reloj supera el minuto noventa.

Si bien es cierto que la sensación de que “los partidos duran hasta que pita el árbitro” siempre ha formado parte del fútbol, nunca había existido tanta evidencia para respaldarla como ocurre en este campeonato del mundo. Durante la fase de grupos, el tiempo añadido registró la mayor frecuencia goleadora de toda la competición, superando incluso a cualquier otro intervalo del encuentro. Al mismo tiempo, la franja comprendida entre el minuto 76 y el final volvió a concentrar el mayor porcentaje de goles.

La explicación más habitual para explicar por qué hay tantos goles en los últimos minutos suele ser el cansancio. Es decir, conforme avanza el encuentro, los jugadores acumulan kilómetros, disminuye la capacidad para repetir esfuerzos de alta intensidad y aparecen errores que durante la primera parte apenas existían. 

Sin embargo, reducir el fenómeno únicamente a la fatiga supone quedarse muy lejos de la realidad. Para empezar, si ambos equipos han realizado sus cinco cambios, el 50 % de los jugadores de campo habrán empezado el partido como suplentes. Y si el desgaste físico fuera el único responsable, las prórrogas deberían convertirse sistemáticamente en los periodos con mayor número de goles. No suele ser así. Entonces, ¿dónde está la razón de estos desenlaces en el Mundial 2026? 

Nuestros entrenadores UEFA Pro analizan las principales claves para responder a esta pregunta en este informe elaborado para Coaches' Voice. 

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El partido ya no dura noventa minutos

Durante décadas, entrenadores y futbolistas preparaban los encuentros pensando en un marco temporal muy claro: noventa minutos divididos en dos partes de cuarenta y cinco. El tiempo añadido existía, pero apenas alteraba la planificación del partido. Dos, tres o cuatro minutos más, rara vez modificaban el comportamiento colectivo de los equipos.

Pero ese contexto ha cambiado por completo. El fútbol actual incorpora un número creciente de interrupciones que prolongan significativamente la duración real de los encuentros. Las sustituciones, las revisiones del VAR, la atención médica a jugadores lesionados, una recuperación mucho más estricta del tiempo perdido y, en este Mundial, las pausas de hidratación de aproximadamente tres minutos por periodo han transformado la gestión del tiempo competitivo.

De este modo, hoy resulta habitual que un partido supere los cien minutos de duración. Desde el punto de vista táctico, esto implica que los entrenadores ya no preparan un encuentro de noventa minutos, sino uno que contiene un cuarto bloque competitivo completamente diferente al resto.

Ese nuevo tramo posee características propias. Los niveles de fatiga son máximos, el resultado condiciona todas las decisiones, los cambios ya han modificado las estructuras iniciales y las pausas permiten introducir nuevos ajustes tácticos cuando todavía queda por disputarse el momento más decisivo. En otras palabras, el tiempo añadido ya no representa una simple prolongación del encuentro, sino que funciona como un partido dentro del propio partido.

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Resquebrajamiento de las estructuras

La explicación más inmediata de por qué se marcan tantos goles en la recta final sigue siendo, en gran medida, la fisiología. Más aún en el fútbol moderno, que exige una sucesión constante de acciones de alta intensidad. Los jugadores aceleran, frenan, cambian de dirección, realizan esprints repetidos, saltan, presionan, vuelven a acelerar y encadenan esfuerzos explosivos durante más de noventa minutos. Esa exigencia termina produciendo un deterioro progresivo del rendimiento físico.

Diversas investigaciones muestran que la capacidad para repetir carreras de máxima intensidad puede disminuir entre un 20 y un 45 % durante el último cuarto de hora del partido. Pero no significa únicamente correr más despacio. También se traduce en llegar unas décimas más tarde a una cobertura, presionar con menor agresividad, reaccionar con más lentitud o perder precisión en gestos técnicos que antes parecían automáticos.

Los efectos aparecen en casi todos los aspectos del juego. Los pases comienzan a perder exactitud, los controles dejan el balón ligeramente más separado del cuerpo, los regates reducen su eficacia y los tiempos de reacción aumentan. Pequeños errores individuales que, acumulados, terminan modificando el funcionamiento colectivo.

Los centrales encuentran más dificultades para corregir hacia delante, los centrocampistas llegan tarde a las ayudas, los extremos reducen la intensidad del repliegue y las vigilancias defensivas dejan de ser tan precisas. Poco a poco aparecen espacios entre líneas que durante buena parte del partido permanecían cerrados.

Es entonces cuando el encuentro empieza a cambiar. Pero incluso aquí la fatiga sigue sin explicar toda la historia, porque los espacios no aparecen únicamente porque los jugadores están cansados. También surgen porque, cuando el marcador aprieta, los propios equipos deciden asumir riesgos que hasta ese momento habían evitado. Y ahí comienza la verdadera transformación táctica del partido, como ocurrió en los últimos segundos del encuentro entre Países Bajos y Marruecos (abajo, imagen).

Cuando el marcador rompe el equilibrio

Durante la mayor parte de un partido, ambos equipos compiten bajo una lógica relativamente estable: cada uno intenta imponer su plan de juego, proteger determinados espacios y minimizar los riesgos que puedan favorecer al rival. Incluso los equipos más ofensivos aceptan determinados compromisos defensivos, conscientes de que el equilibrio suele ser la base del rendimiento colectivo.

Sin embargo, esa estabilidad desaparece conforme el reloj se acerca al final. El marcador comienza a condicionar todas las decisiones y obliga a los entrenadores a modificar prioridades. Lo que durante ochenta minutos era un riesgo innecesario se convierte, de repente, en una obligación competitiva. El equipo que pierde ya no puede permitirse administrar esfuerzos ni mantener una estructura conservadora. Su único objetivo pasa a ser generar una oportunidad más antes del pitido final.

Es entonces cuando aparecen comportamientos que difícilmente se observarían durante la primera mitad. Los laterales dejan de alternar sus incorporaciones al ataque para proyectarse casi de manera permanente sobre campo contrario. Los centrales adelantan su posición hasta instalarse cerca del círculo central. Los mediocentros abandonan parte de sus responsabilidades defensivas para ocupar posiciones más avanzadas. E incluso los porteros participan con mayor frecuencia en la circulación de balón para facilitar una superioridad numérica en la construcción.

En muchos casos, el sistema también deja de importar. Lo prioritario pasa a ser acumular jugadores cerca del área rival. La consecuencia es inmediata: cada ataque incorpora más efectivos, pero cada pérdida deja también muchos más metros libres para el adversario.

El rival encuentra entonces un escenario completamente diferente al que había gestionado durante buena parte del encuentro. Donde antes existían dos líneas compactas ahora aparecen corredores para atacar al espacio. Donde antes las vigilancias defensivas impedían cualquier transición, ahora basta un pase vertical para eliminar a varios jugadores. El partido deja de jugarse desde la organización para empezar a hacerlo desde la incertidumbre.

Ese cambio explica por qué tantos encuentros aparentemente cerrados terminan ofreciendo un intercambio constante de ocasiones durante los últimos minutos. El objetivo ya no es controlar el juego; el objetivo es sobrevivir al caos sin renunciar a encontrar el gol.

Paradójicamente, ambos equipos empiezan a asumir riesgos al mismo tiempo. El que pierde, porque necesita marcar. El que gana, porque defender demasiado cerca de su propia portería también aumenta la probabilidad de conceder ocasiones. 

La gestión emocional adquiere entonces un peso enorme. Hay equipos capaces de mantener su estructura incluso bajo máxima presión. Otros, en cambio, rompen completamente sus distancias y convierten los últimos minutos en un intercambio de golpes en el que cualquier detalle puede decidir el resultado. Así ocurrió en el partido entre Austria y Argelia durante la fase de grupos, con dos goles —uno para cada equipo— en los últimos segundos (abajo, imagen).

Más espacios, más transiciones y más ocasiones

La aparición de espacios es probablemente la consecuencia táctica más visible de ese cambio de comportamiento. Durante buena parte del partido, los equipos dedican enormes recursos a controlar las distancias entre líneas. La coordinación de la presión, las coberturas y las vigilancias pretenden reducir al mínimo los espacios por los que el rival pueda progresar. Pero mantener esa organización requiere una enorme precisión colectiva.

Cuando la fatiga aumenta y la necesidad de marcar obliga a asumir riesgos, esas distancias empiezan a romperse. 

Cada pequeña descoordinación genera una ventaja para el atacante. Un pase que durante la primera parte habría sido interceptado encuentra ahora una línea de progresión. Un contraataque que habría terminado en un tres contra tres pasa a convertirse en un tres contra dos o incluso en un dos contra uno. O un desmarque que antes habría estado controlado de pronto aparece libre entre el central y el lateral, como por ejemplo en el gol de Erling Haaland en el duelo ante Costa de Marfil (abajo, imagen).

Por eso los últimos minutos suelen ofrecer un fútbol mucho más vertical. Las posesiones largas pierden protagonismo frente a los ataques rápidos, las conducciones agresivas y las transiciones constantes. 

No es casualidad que muchos de los goles decisivos lleguen precisamente en acciones de ida y vuelta, donde ninguno de los dos equipos consigue reorganizarse antes de que el balón vuelva a acercarse al área. Un ejemplo de ello fue el gol de Canadá ante Sudáfrica, después de un partido muy cerrado que se desequilibró en la última jugada (abajo, imagen).

La pausa de hidratación: el nuevo tiempo muerto del fútbol

Las pausas de hidratación están diferenciando al Mundial 2026 de anteriores ediciones. Introducidas para proteger el rendimiento y la salud de los jugadores en condiciones de altas temperaturas, han terminado generando un efecto táctico que probablemente pocos anticipaban.

En deportes como el baloncesto, el balonmano o el fútbol americano, el entrenador dispone de tiempos muertos para detener el juego, reorganizar a su equipo y modificar el plan previsto. El fútbol, sin embargo, siempre ha obligado a intervenir desde la banda, con un margen muy reducido para alterar el desarrollo del encuentro. Una vez comenzado el partido, la capacidad de influencia del entrenador dependía casi exclusivamente de los cambios o de las indicaciones que lograban llegar al terreno de juego.

Las pausas de hidratación han alterado parcialmente esa lógica. Durante aproximadamente tres minutos, los cuerpos técnicos recuperan una capacidad de intervención que hasta ahora apenas existía. No se trata únicamente de ofrecer agua o reducir la temperatura corporal. Son una oportunidad para detener el partido, analizar lo ocurrido durante los minutos anteriores y preparar el siguiente tramo con un plan completamente distinto.

En ese breve intervalo se corrigen alturas de presión, se modifican responsabilidades defensivas, se redefinen las vigilancias sobre determinados futbolistas y se ajustan pequeños detalles posicionales que pueden resultar decisivos cuando el encuentro entra en su fase final.

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En ocasiones, basta con cambiar la orientación de la presión sobre un central, decidir que un lateral permanezca más tiempo por dentro o recordar qué espacios deben atacarse cuando el rival adelanta la línea defensiva. Son ajustes mínimos, pero realizados justo antes del periodo en el que más cambian los partidos.

Desde el punto de vista fisiológico, la pausa también produce beneficios evidentes. La disminución parcial de la temperatura corporal, la reposición de líquidos y la reducción de la percepción subjetiva del esfuerzo permiten afrontar el último tramo del partido en mejores condiciones físicas.

Pero quizá el mayor efecto sea psicológico, porque la interrupción rompe la inercia del encuentro. Así, un equipo que estaba siendo dominado encuentra un momento para reorganizarse emocionalmente. Otro que comenzaba a precipitarse puede recuperar la calma. Los jugadores reciben información concreta sobre el contexto competitivo y regresan al césped con la sensación de comenzar un pequeño partido nuevo.

Por eso, el tiempo añadido ya no debe interpretarse únicamente como una prolongación del encuentro reglamentario. En muchos casos, representa un escenario completamente diferente, precedido por una pausa táctica que modifica el comportamiento de ambos equipos de cara a la recta final.

El impacto de los cambios: piernas frescas contra defensas fatigadas

Otro de los factores que explica el aumento de goles en los minutos finales es la evolución del uso de las sustituciones. Hace apenas unos años, los cambios se utilizaban principalmente para reemplazar a jugadores lesionados o introducir pequeñas variaciones tácticas. Hoy forman parte de la planificación inicial del partido. Los entrenadores no solo diseñan un once titular; también planifican el momento y el perfil de los futbolistas que deberán intervenir cuando el desgaste empiece a condicionar el rendimiento.

La posibilidad de realizar un mayor número de sustituciones ha incrementado aún más su importancia. Mientras algunos defensores acumulan más de setenta u ochenta minutos de esfuerzos repetidos, aparecen delanteros y extremos que entran al terreno de juego con toda su capacidad de aceleración intacta.

La diferencia física es enorme. Un extremo recién incorporado puede atacar continuamente a un lateral que ya ha realizado decenas de esprints durante el partido. Un delantero con piernas frescas ofrece desmarques constantes a la espalda de una defensa que comienza a perder capacidad para corregir, como Gabriel Martinelli ante Japón (abajo, imagen). Incluso un centrocampista ofensivo recién ingresado interpreta con mayor claridad situaciones en las que el cansancio ya condiciona la velocidad de decisión del rival.

Pero las sustituciones aportan mucho más que energía. También modifican las características del juego. Su efecto se multiplica porque aparecen precisamente cuando el desgaste físico, la presión emocional y la necesidad competitiva ya han alterado el equilibrio del encuentro. La combinación de jugadores frescos frente a rivales fatigados incrementa la velocidad de las acciones, favorece los duelos individuales y amplía todavía más los espacios que comienzan a aparecer entre líneas.

Todo lo señalado en nuestro informe ayuda a explicar por qué el tramo final se ha convertido en el periodo más imprevisible de los partidos. Ya no es únicamente una cuestión de cansancio, ni tampoco de valentía o de azar. Es el resultado de la interacción entre factores fisiológicos, tácticos, emocionales y reglamentarios que confluyen en un mismo momento de cada encuentro de un Mundial, el de 2026, que está ofreciendo algunos de los ejemplos más evidentes de esta evolución del juego.

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