Fotografía: Ernesto Carriço

Tite

Brasil, 2016-Presente

Cuando Edu me dio la noticia, no podía creerlo.

“Joder”, pensé. “Tiene que ser una broma”.

En el momento en que sale del campo, no tengo una dimensión de la gravedad de la lesión porque estoy metido en el partido.

El nivel de concentración te hace enumerar prioridades. En ese momento, el foco estaba en organizar al equipo y decidir quién reemplazaría a Neymar (abajo).

Eso fue en un amistoso contra Catar en junio de 2019.

Cuando acaba el partido y recibo la noticia, tengo esa reacción de incredulidad.

“No puede ser verdad”, pensé. “No puede ser”.

Pero sí lo era. Neymar estaba fuera de la Copa América.

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Todos se sintieron conmovidos por la situación. En la cena de aquella noche dije que la mejor manera de honrar a Neymar sería respetando nuestro trabajo colectivo.

El grupo tenía que seguir. Tenía que jugar grandes partidos y mostrar la fuerza del equipo que estábamos construyendo.

Una fuerza simbolizada en un momento concreto: cuando ganamos en semifinales a Argentina, veo a Neymar entrando al vestuario para celebrarlo con sus compañeros.

“Conseguimos neutralizar a un jugador con la impresionante calidad técnica de Messi”

Soy reservado, dejo esas celebraciones a los jugadores. Pero vi la felicidad de Neymar. Vi hasta que punto estaba integrado en el espíritu de equipo.

Fue un momento especial, en lo que había sido un torneo especial.

Brasil jugaba la Copa América en casa después de la traumática eliminación del Mundial de 2014 con la derrota 7-1 ante Alemania.

Por lo tanto, hubo aspectos emocionales que crearon una presión aún mayor sobre la relación entre el desempeño y el resultado.

Pedro Vilela/Getty Images

En aquella semifinal (arriba), contra una Argentina que contaba con toda su fuerza -incluyendo jugadores como Lionel Messi, Lautaro Martínez y Sergio Agüero-, tuvimos mucha lucidez.

Jugamos un gran partido. La creación del primer gol fue muy bonita. Además de eso, tuvimos consistencia defensiva.

Mostramos la capacidad de neutralizar a un jugador con la impresionante calidad técnica de Messi.

Celebramos mucho en el vestuario. Yo sería insensible si, después del partido, le quitara al jugador la alegría de vencer a Argentina. No tengo este derecho.

“Todo en la vida tiene bonificaciones y gravámenes. Nuestra preparación fue fundamental para que alcanzáramos la meta”

El equipo sí que debe tener autoestima. Sentir el valor de haber superado al rival. Pero no puede ser soberbio.

Era necesario respetar a Perú, el adversario de la final. No había espacio para la complacencia, vanidad o falta de concentración en el trabajo.

De nada sirve que el entrenador llegue el día del partido y dé una gran charla pensando que será un factor determinante. El discurso tiene que ser coherente desde el inicio de la preparación.

Ernesto Carriço

Todo el mundo dice que no le gusta perder. Bien, pero ¿hay alguien a quién le guste?

¿Y cuál es el precio que pagas por la preparación? Todo en la vida tiene bonificaciones y gravámenes. Nuestra preparación fue fundamental para que alcanzáramos la meta.

Confieso que no me planteé dirigir a la selección brasileña hasta que gané el Mundial de Clubes de la FIFA con Corinthians en 2012.

Ese título lo cambió todo.

Significó que tenía una posibilidad real de dirigir a la Seleção algún día.

“Había una energía nerviosa alrededor del equipo después de lo que había pasado en 2014”

Luego tuve aún más éxito con Corinthians. Ganamos el título de la liga brasileña de 2015, batiendo todos los récords y jugando un fútbol precioso. Fuimos eficientes, agresivos, jugamos bien y creamos muchas ocasiones.

Después de eso, era algo más que un aspirante.

El anterior seleccionador había dejado el cargo. El puesto estaba vacante.

Viajé a Río para una reunión y me enteré del proyecto de la Seleção. Fue justo después de que Brasil fuera eliminada en la fase de grupos de la Copa América Centenario de 2016 (abajo). Por si fuera poco, el equipo ocupaba la sexta plaza en la clasificación sudamericana para el Mundial de 2018. La clasificación no estaba para nada segura.

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Necesitaba conocer los planes y las ambiciones de la federación para el futuro.

Cuando llegó la oferta, no di una respuesta inmediata. A la mañana siguiente aún estaba con dudas. Dudas que terminaron de disiparse por completo por la tarde, decidiendo aceptar el cargo de ser el seleccionador de Brasil.

Nuestro nivel mejoró, y ganamos ocho partidos seguidos de la fase de clasificación. Terminamos las eliminatorias en primer lugar con 10 puntos de ventaja sobre Uruguay, que quedó segundo.

“Algunos dicen que el partido contra Bélgica fue el mejor del torneo; no me corresponde a mí decirlo, pero es difícil estar en desacuerdo”

En ese momento, alcanzamos un pico alto de rendimiento. Fue un momento mágico, que se vio obstaculizado en la fase preparatoria del Mundial con las lesiones de Renato Augusto y Dani Alves.

Había cierto nerviosismo en torno al equipo al llegar al Mundial, después de lo ocurrido en 2014.

Cuando Suiza nos igualó en el marcador en nuestro primer partido, esa sensación se hizo aún más patente. Los nervios se apoderaron del equipo y acabamos empatando ese partido.

Luego, nuestro siguiente partido fue muy duro, contra Costa Rica. Creamos muchas ocasiones, pero nos faltó eficacia de cara a la portería. Lo intentamos una y otra vez, pero nos costó encontrar el camino.

Pero hubo un aspecto que me agradó mucho: tuvimos constancia y un nivel alto de concentración. Al final, conseguimos doblegar a nuestro rival y marcar dos goles en el tiempo añadido para ganar 2-0 (abajo).

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Después de eso, ganamos cómodamente contra Serbia en nuestro último partido del grupo. Fuimos mejorando a medida que avanzaba el campeonato, y se notaba.

Volvimos a tener una buena actuación contra México, que incluyó un gol casi perfecto por la forma en que movimos el balón para desarmar a nuestro rival. Es el tipo de gol que se podría utilizar en las clases para mostrar cómo generar espacios en el rival.

Luego vino Bélgica.

Algunos dicen que fue el mejor partido del torneo. No me corresponde a mí decirlo, pero es difícil discrepar por la calidad técnica, la organización y el talento individual de ambos equipos.

“Me emocioné mucho cuando llegamos al aeropuerto a la vuelta de Rusia”

Por un lado: Kevin De Bruyne, Romelu Lukaku, Eden Hazard y Thibaut Courtois. Por el otro: Neymar, Marcelo, Fernandinho o Philippe Coutinho. Había un talento increíble por todas partes.

A los cinco minutos, tuvimos que hacer un ajuste porque ya nos estaban causando problemas. Le dije a nuestro lateral derecho, Fagner, que dejara de atacar.

“Fanger, no salgas a dar apoyo. Mantente en tu posición para hacer frente a Hazard en los contragolpes”, le dije. Así, tendríamos una ventaja numérica de cuatro jugadores antes sus tres peligrosos delanteros en las acciones de contragolpe.

Jugamos bien y dominamos el partido, pero Bélgica era muy buena al contragolpe. Perdíamos 2-0 en la primera parte, pero luego anotamos un gol a falta de 15 minutos.

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Fuimos el mejor equipo -el propio De Bruyne lo dijo después del partido-, pero no pudimos encontrar el empate ante una Bélgica que fue más efectiva.

No estoy diciendo que Brasil se hubiera proclamado campeón o que hubiera ganado el partido, pero un duelo de esa calidad merecía 30 minutos más. Yo lo quería, y creo que la mayoría de los espectadores también.

Pero no fue así, y quedamos eliminados en cuartos de final.

Me emocioné mucho cuando llegamos al aeropuerto de vuelta de Rusia. En ese momento, el plan era que mi cuerpo técnico y yo nos fuéramos, pero los aficionados estaban allí para aplaudirnos de todos modos.

“Creo que dirigir a Brasil debe hacerse en ciclos de al menos cuatro años. Quería ir a una Copa América”

Ese contacto con la afición justo después de ser eliminados alivió el dolor que sentíamos. Fue increíblemente emotivo.

Más tarde me ofrecieron la oportunidad de seguir en el puesto, y esa experiencia con los aficionados fue una parte importante de la razón por la que sentí que era correcto quedarme.

También creo que la dirección de Brasil debe hacerse en ciclos de al menos cuatro años. Asumí el cargo durante una campaña de clasificación para el Mundial, así que quería ir a una Copa América.

Así que me quedé, lo que significa que tuve la oportunidad de superar lo que hicimos en Rusia en una Copa América en casa en 2019.

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La siguiente competencia fue la Copa América 2019. En casa. Nuestro rival en la final, Perú, al que ya habíamos ganado, 5-0, en la fase de grupos.

La expectativa desde fuera era que volveríamos a ganar fácilmente. Pero Perú no era el mismo. Había eliminado a Chile, que había ganando los dos últimos títulos, con un 3-0 en la semifinal. Llegué a la final con un nivel de confianza mucho mayor. Y con un equipo sólido también.

Anotamos el 1-0 en el minuto 15, pero nos empataron al final de la primera parte. Inmediatamente después del gol de Perú, hicimos el 2-1 y admito que esa reacción instantánea me sorprendió.

“Cuando Richarlison marcó el 3-1, miré al cielo”

Me gusta utilizar la analogía del boxeo. Encajar un gol es como recibir un golpe: te sientes un poco mareado y no puedes atacar de inmediato.

Tienes que esperar a recuperarte y volver a encontrar el equilibrio. Naturalmente, uno es más vulnerable psicológicamente después de recibir un gol. El nivel de confianza disminuye. Como entrenador, hay que intentar gestionar la transición entre los dos estados de ánimo.

“Lo que pasó ya es pasado”, les digo a mis jugadores después de recibir un gol. Hemos encajado un gol, pero hay que pasar página. Intentemos superar los siguientes minutos para poder volver a empezar.

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Pero ahí, en la final de la Copa América, mis jugadores tenían otras ideas.

Bajo la presión alta de Perú, salimos desde atrás, movimos el balón con tranquilidad, construimos la jugada y llegamos al otro lado para volver a marcar (arriba).

Ahora reconozco que ese nivel de resiliencia me sorprendió. Confiaba en que mi equipo ganaría el partido, incluso después de haber encajado el gol del empate. Estaba seguro de que marcaríamos de nuevo, pero esperaba que lo hiciéramos más tarde.

Cuando Richarlison marcó de penalti el 3-1, miré al cielo. Hay momentos decisivos en los que sientes que el título es tuyo. Lo sientes, y ése fue uno de esos momentos.

“Es difícil describir la sensación de celebrar un título con la afición”

Las celebraciones de los jugadores, las celebraciones en el banquillo… Todo el mundo corriendo hacia los jugadores en el campo. En ese momento, sentí un inmenso orgullo. Estaba feliz y agradecido por este momento.

La Seleção tiene una historia de éxitos. En 1970, teníamos un equipo extraordinario, el mejor de la historia. Cuando viajo al extranjero, la gente me dice: “Amigo, ¿Cómo es posible? Trabajas bajo una enorme presión”. Y yo digo que sí, pero realmente creo que la principal presión es mantener los buenos valores morales y tratar de alcanzar el perfeccionamiento técnico.

Esa es la presión que me impongo a mí mismo. Luego, se trata de representar a personas que se identifican con mis valores, mi comportamiento y mi estilo. Así que representarlos no es una obligación; es un placer.

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Tenía muchas ganas de ganar el Mundial en 2018. Si eso hubiera ocurrido, me habría retirado. No habría habido nada más que lograr.

Pero me alegro de haberme quedado, porque tuve ese momento después de ganar la Copa América. La final fue mi primer partido al frente de Brasil en el Maracaná, y levantamos el trofeo ante 70.000 espectadores.

Los hinchas se quedaron en el estadio durante mucho tiempo, celebrándolo con nosotros. Es difícil describir esa sensación: celebrar un título con la afición.

No estoy seguro de la importancia de ese título en la historia de éxitos de la Seleção, pero los hinchas formaron parte de ella, y celebrarlo con ellos fue una sensación increíble.

He ganado casi todos los títulos por los que he tenido la oportunidad de competir, pero la Copa Mundial todavía se me escapa.

Cuando le dije a mi esposa que me habría retirado si lo hubiera ganado en 2018, me respondió: “Bueno, entonces aún queda trabajo por hacer en 2022. Es posible”.

Espero que tenga razón.

Tite

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